miércoles, 4 de junio de 2014

Trevenque y río Dílar (Sierra Nevada - Granada)

Verdean los campos de cereal del Hervidero.

Las peladas colinas castigadas por la erosión.

Manto de nubes por detrás de la Boca de la Pescá.

Machos midiendo fuerzas.

Hoy el avistamiento de cabras ha sido abundante.

Desde el último tramo de subida al Trevenque.

Contemplando el paisaje desde la cima.

Una mirada hacia el Caballo.

Los Alayos de Dílar. 

La otra vertiente del arroyo Hüenes: Cerros del Sol, Tamboril , Minas y Pico de la Carne.

El Trevenque desde el Collado Martín.

No interrumpe el desayuno ni mi presencia.

Las dos laderas que contienen el río Dílar por las que voy a caminar hoy.

Río Dílar en la cota 2.200.

Junto a él aprovecho para relajarme un rato mientras como.

De la mas de una docena de cortijos que ocuparon estas laderas sólo quedan ruinas.

El trazado de una antigua acequia me va a servir  para regresar.

La nieve en las cimas propician todavía estos "oasis" verdes. 

La recia y abundante vegetación en  Peñamadura no permite salirse del sendero.

Cuando coincido con el recorrido Sulayr, tuteo en altura al mismo Trevenque.

Río Dílar, junto al puente, por debajo del Cortijo Chaquetas.

Escala truchera, unos metros por debajo del puente.

El sendero PR -A21 recorre uno de los mayores arenales de la zona.

Junto al Collado de Sevilla me encuentro las cabras desplazadas de sus prados.



Fecha:23-4-2014                                                          Collado Sevilla                    7'45h.
M.I.D.E.:2,2,3,3.                                                             Trevenque                           9’30h
Duración: 8h. (Circular)                                                Río Dílar                         11’30h-12h.          
Desnivel en subida: 740 metros                                   Cortijo Chaquetas             13’45h.
Rangos de temperatura: de 4ºC a los 17ºC                 Collado Sevilla                  15’45h.


Después de varias salidas por las Subbéticas, donde la mayor elevación apenas supera los 1.500 metros, ya echaba en falta “mi sierra”. Casi convertido en un hábito anual, hoy he querido cumplimentar mi visita al Trevenque. Es una autoevaluación que hay que acometer para saber en qué estado de forma me encuentro, o mejor, ¿cuánta forma he perdido en el último año?. El poco latín que aprendí se me olvidó, pero voy a cometer la osadía de dedicarle algo a mi amigo Antonio haciendo mía una frase de Séneca: “Errare humanum est, perseverare diabolicum”, pues eso.

Siempre que salgo dejo escrito en casa el itinerario que voy a realizar, si ésta rutina es necesaria en cualquier caso, se convierte en imprescindible cuando la salida se hace en solitario y hoy era el caso. Había imaginado una subida al Trevenque por su cara oeste, bajarlo por la este, para prolongar la caminata por la Loma Dílar hasta llegar al río y volver, a ser posible, por el cauce.

Es esta subida un clásico para los excursionistas granadinos, pues a pesar de su escasa altitud (2.075 m.), acumula las suficientes dificultades como para que sirva para testar el estado de forma del que lo afronta. Añadiendo a la gravosa subida, una bajada que no le va a la zaga y por mi parte una prolongación adentrándome un buen trecho por el barranco que recorre el río Dílar hasta superar ampliamente la cota 2.000, la jornada puede convertirse en dura, al menos para mí cada vez lo es más, justo en la misma medida en que cumplo años.

Alguna vez he usado el comentario: cuando aspiramos a metas enormes, hasta el fracaso se convierte en glorioso, en mí se dan las dos condicionantes. A veces mis metas son enormes y no soy capaz de alcanzarlas, y a pesar de ello, el fracaso no lo siento como tal, porque el esfuerzo, el interés y el sólo hecho de poder programar estas salidas, lo hacen glorioso.

Como es habitual he aparcado temprano en el collado Sevilla, al menos más temprano que cualquier otro, ya que lo tenía todo él a mi entera disposición. La mañana fresca y totalmente despejada ya que el manto de nubes que cubría buena parte de la ciudad lo he dejado por debajo, a media subida a Cumbres Verdes. La descripción de la subida no tiene interés ya que es conocida por la frecuencia con que se afronta o por estar bien indicada para los noveles.

Decir que siempre me mantengo, en ésta zona tan crítica mucho más, dentro de los senderos para alterar lo mínimo posible el medio ya de por sí frágil. No en vano en estos terrenos dolomíticos se encuentran varias especies vegetales endémicos que además son de pequeño porte por lo que podemos dañarlas sin siquiera ser conscientes (Erodium astragaloides, Rothmaleria granatensis, Lobelousia pulsatilloides, -ahí es nada-. Especies especialmente adaptadas a suelos muy pobres y con alto contenido de magnesio) . El acercamiento se hace alternando el sendero y una antigua pista que caracolea por estas lomas hasta la misma base del pico. Carretera que imagino se construyó para dar servicio a alguna fantasía constructiva que afortunadamente no llegó a concretarse.

Como suele ocurrir a menudo, el silencio y el acercamiento pausado me ha permitido disfrutar de numerosos ejemplares de cabra montés. Algunos machos jóvenes probando sus cornamentas (dejando un claro rastro sonoro) entre sí, actividad que ni siquiera se han molestado en pausar. Otros, algo más esquivos, se han apartado unos metros a mi paso. E incluso un tercer grupo, ya de regreso, junto al aparcamiento, desorientados por la “vorágine” instalada en sus lugares habituales de pasto, no sabiendo qué hacer, remoloneaban a mi paso hasta que no he estado literalmente encima.

Las rampas de subida hasta la misma base son asumibles siempre que nuestro estado de forma sea “normal”. El último kilómetro ofrece algo más de dificultad porque el sendero se empina y el terreno de arena fina compactada dificulta el agarre, de todas formas nada insalvable siempre que tengamos la inteligencia de acomodar nuestro paso y esfuerzo a la dificultad del terreno.

Una vez arriba merece la pena, si el día lo permite, relajarse un rato y apreciar las amplias vistas que esta pirámide semi solitaria nos ofrece de su amplio entorno. Desde él se domina buena parte de las crestas de Sierra Nevada, los diferentes picos de la otra vertiente del arroyo Hüenes, los Alayos de Dílar y ya bastante más lejanos las cimas de las sierras de Almijara y Tejeda.

La bajada, por la cara este, me la tomo con bastante más tranquilidad que la subida, ya que la gravilla suelta propicia los resbalones y la fuerte pendiente no los hace aconsejables. Hay que aposentar bien el pie en cada paso para que los músculos trabajen sin sufrir. Desemboca esta bajada casi junto a la pista que enlaza la Cortijuela con el Cortijo Chaquetas, y hacia éste último me dirijo.

Remonto unos centenares de metros por la pista hasta coronar en el Collado Martín donde comienza la bajada, para en una doble y pronunciada curva en “S”, abandonarla por un sendero que arranca a mi izquierda y que va a recorrer buena parte de la amplia Loma de Dílar. El recorrido lo hace a media loma acompañando la tubería que alimenta el Cortijo Chaquetas. Serpentea en suave y constante subida buscando un generoso y permanente nacimiento de agua a casi una hora de distancia. Bajo unas rocas aparece el manantial, agua que han conducido los lugareños hasta sus propiedades y que según comentarios de alguno de ellos les costó innumerables viajes en mulo para transportar los muchos rollos de tubería.

A partir del nacimiento, el sendero por falta de uso, pierde prestancia, dejándose invadir por la vegetación, por lo que cada vez es más difícil identificarlo entre las muchas variantes que el ganado vacuno, suelto en estas lomas, van elaborando. Este sendero hace unas décadas conducía hasta unos pequeños cortijos que se asentaban junto al río Dílar cerca de la cota 2.200 (punto más alto de mi recorrido serrano). Hasta ellos he llegado yo para junto al cauce hacer un receso alimentario e indagatorio buscando la forma de cambiar de orilla, cuestión nada baladí, ya que no quería mojarme y el agua que bajaba era mucha.

Cuando ya casi daba por imposible hacer el recorrido circular que tenía pensado, resignándome a volver sobre mis pasos, me he encontrado con tres jabalíes que no me han detectado (por soplar la brisa en contra) hasta que estaba prácticamente encima. La sorpresa se ha convertido en carrera y yo en su persecución para obtener la foto de rigor. Los he perdido entre unas rocas junto a la orilla, pero en seguida los he vuelto a ver al otro lado del río y con la pelambre seca, lo que me ha conducido a un paso fácil saltando entre grandes rocas por el que he superado el cauce sin deterioro.

Remontar una treintena de metros hasta encontrar el trazado de una antigua acequia que recorriendo buena parte de la Loma de Peñamadura, alimentaba hasta una docena de cortijos que se asentaban a lo largo de ella. Décadas de abandono han convertido la acequia en sendero y los cortijos en ruinas de los que sólo se salvan las estructuras de alguna era junto a algún muro lateral de las construcciones. Ha sido un tranquilo y largo recorrido llaneando, que atraviesa diversos barrancos, todos ellos con agua actualmente, que acaba convergiendo con el sendero Sulayr.

Este encuentro se hace en la cota 1.980 m, en un rellano entre piornos donde encuentro unas antiguas corraletas para el ganado. La vegetación ha recuperado exhaustivamente todo el terreno que en su día se dedicó al cultivo: estoy en la Dehesa de Dílar. Aquí comienzo la bajada donde aparecen los robles y abundantes restos de construcciones: bancales, eras, hoyos, cortijos ruinosos.

Volver a bajar hasta el río Dílar, que en mi recorrido por la loma se me ha quedado casi trescientos metros por debajo, para una vez cruzado, esta vez por un puente, volver a remontar hasta el Cortijo Chaquetas. Toca refrescarse en el pilón antes de reiniciar el camino por la misma pista que abandoné hace unas horas, para buscar el sendero que recorre los arenales del Trevenque de vuelta al origen de esta mañana. Este tramo de sendero está balizado como PR –A 21.

Rodeando el Trevenque por el sur, tras atravesar una zona de pinos muy perjudicados por la procesionaria, se va a introducir, recorriéndolo, en la mayor rambla de arena de esta zona. Nace a los pies del Trevenque y se prolonga a lo largo de varios kilómetros. No la voy a recorrer completa porque el sendero la abandona para cambiar de dirección, encaminándose hacia el oeste en busca del aparcadero del Collado Sevilla, por encima de la Fuente del Hervidero.

Si esta mañana ero yo el único usuario del aparcamiento, ahora me lo encuentro "completo": coches, camiones y varias carpas portátiles en las inmediaciones. De pronto recuerdo que se está rodando una película usando escenarios serranos (“A perfect day” de León de Aranoa) y lo comprendo todo. Las que no comprende nada son la decena de cabras que suelen pastar habitualmente junto al Cortijo Sevilla y hoy se han visto desplazadas por la masiva afluencia de bípedos. Tan desorientadas que me las encuentro concentradas en el sendero junto al trazado de la acequia de la Espartera. Al acercarme no saben si permanecer o retirarse, pudiendo al final más el instinto que les aconseja cederme el sendero para retomarlo segundos más tarde, una vez que mi alejamiento lo consideran suficiente.

Todavía, ya en bajada hacia el Hervidero, me tengo que encarar con algunos de los partícipes en el rodaje que suben desde el merendero “a toda pastilla” por un carril terrero estrecho y levantando una polvareda irrespirable. Abusando de todoterrenos a lo mejor creen que no han abandonado el rodaje, o se creen con derecho a avasallar por ser actores. Siempre he afirmado que hay muchos animales cuadrúpedos pero que no le van a la zaga los bípedos.



Recordatorio: en nuestras salidas al campo sólo debemos dejar nuestras pisadas, todo lo demás: impresiones, fotos y residuos (orgánicos e inorgánicos), deben regresar con nosotros.