Aquí se bifurca el carril. Hacia la derecha central de Diechar; izquierda San Jerónimo.
Edificio principal del edificio del convento de San Jerónimo.
Por debajo del convento el Cortijo de San Jerónimo.
El sendero que une San Jerónimo con el río Monachil con mi destino al fondo: Prado Llano.
Encinas, robles, quejigos, rosales y majuelos.
Río Monachil
Estaba tan ocupado buscando bellotas que ni me vió.
El ascenso loma arriba la hago entre robles y chaparras.
Diferentes tomas de las ruinas del cortijo Prado Redondo.
Espaciosa era del cortijo Prado Redondo.
Hoyo de papas junto al cortijo de Prado Redondo.
Antaño estos claros eran parcelas cultivadas.
Loma derecha del río Monachil por la que asciende la carretera.
El sendero atravesando la loma entre vegetación. Es normal que cuando deja de utilizarse se pierda.
Aquí, por fin, consiguió el pastor reunir a su rebaño para conducirlo hasta el cortijo de San Jerónimo.
Uno de los robles más alto de esta loma por la que discurre el sendero.
Donde los senderos convergen, a partir de aquí mantengo fidelidad al Sulayr.
Aprisco entre rocas ya en desuso junto al barranco de Manuel Casas.
Robledal de las Mojoneras
Tajo de las Mojoneras.
Toma del canal que se dirige a la central eléctrica de Diechar.
Fuente junto a la toma del canal de la central de Diechar.
Almocafre que perdió su mango, encontrado en las cercanías del cortijo junto al Barranco de Maguillo. Herramienta de mango corto, uso a una sola mano, muy precisa para limpiar de yerbas los sombrados, pero que por lo posición que obliga a adoptar al cuerpo provoca frecuentes y fuertes dolores de espalda.
Fecha: 27-10-2017 Rte.
Los Jamones 8’30 – 15’00h.
M.I.D.E.:4,2,3,3. San
Jerónimo 9’30h.
Duración: 6’30h (Circular) Río
Monachil 10’00h.
Desnivel en subida: 622 metros Prado
Redondo 11’00h.
Rangos de temperatura: de 12ºC a los 25ºC Sulayr 12’30h.
Toma
carga Diechar 13’40h.
Hace
más de cincuenta años pasé un par de semanas en una tienda de campaña en las
cercanías de la residencia de verano que tienen las Adoratrices en Sierra
Nevada (San Jerónimo) en compañía de mi hermano y un amigo. Fue una experiencia
inolvidable y de la que guardo grato recuerdo en general y gratos recuerdos
particulares.
Memoria
de las muchas andaduras de aquellos días no perduran pero si la de una cueva
cercana dormidero de multitud de murciélagos y de las largas veladas que
comenzaban con la preparación de una sopa de arroz a la caída del sol y después
largas horas de charla hasta que el sueño nos iba enmudeciendo.
Hoy
he querido rememorar aquellas vivencias visitando los parajes cercanos. Junto
al restaurante Los Jamones (kilómetro 23 de la carretera de la Sierra) nace un
carril que además de dar servicio a la residencia y al cortijo de San Jerónimo
(frecuentado y mencionado a lo largo del siglo XIX por botánicos y aventureros
como Boissier, Gautier o Wilkomm, entre otros que lo usaron como punto de
partida para sus recorridos por Sierra Nevada) desciende hasta la toma de la
central eléctrica de Diechar. Este será el camino que haga a mi regreso.
Tras
recorrer los aproximadamente cinco kilómetros alcanzo la residencia de verano
que tienen las Adoratrices en el lugar. Es una propiedad que está vallada y
cerrada fuera de temporada. Yo la rodeo por la derecha, junto al muro
perimetral, en busca de un sendero que me ha de conducir -en suave bajada- al
cauce del río Monachil atravesando toda la Loma de las Yeguas rodeado de
encinas y robles.
Aquí
termina el sendero o yo no he sabido encontrar la continuación. He seguido tras
cruzar el río deambulando por la Loma de la Perdiz, intentando no separarme
excesivamente del cauce, por diferentes veredas de animales hasta que la
maleza, los barrancos y algunos encajonamientos me han ganado. Quería ascender
junto al cauce hasta el complejo invernal de Prado Llano: no me ha sido posible
o simplemente no he sabido hacerlo.
He
decidido ascender por los sitios “más cómodos” la mencionada Loma de la Perdiz
buscando hasta encontrar, tras remontar unos trescientos metros, el sendero que
una el área Mirlo Blanco (ya en Prado Llano) con la Cortijuela. He dado con él
a la altura de Prado Redondo, suficientemente cerca de mi programado destino
como para parar e iniciar el regreso, ya que no tenía interés en adentrarme en
la urbanización.
Prado
Redondo es una zona relativamente llana en que destaca, junto a una zona
rocosa, una antigua era; en las inmediaciones de cualquier era solía emplazarse
un cortijo. Como no estaba a la vista, lo he buscado hasta encontrarlo debajo
de las peñas que limitan la era por el norte. Las he recorrido ahuyentando unas
cabras que estaban echadas junto a las ruinas, entre los escasos muros
perimetrales que permanecen en pie. No he podido evitar recordar indeterminado día de junio de 2007. Era mi época de voluntario y se programó una excursión para la ONCE en colaboración con el Parque Nacional de Sierra Nevada. No se como se seleccionó al personal asistente, pero acudieron personas con severas limitaciones visuales y otras ciegas. Y este sendero que voy a recorrer hoy fue el elegido para aquel día. Fue un recorrido arriesgado en su día, hoy sería temerario. Me hice cargo de una mujer ciega total fijándome en que era pequeña y delgada, asegurándome el poder controlarla físicamente si era necesario. Jamás he estado sometido a tan alta tensión durante tanto tiempo: la excursión duró 9 horas. A un desgaste físico asumible se unió el insoportable psicológico. Recuerdo que a mi pregunta, una vez hechas las presentaciones: de si tenía miedo, me respondió que no -y entre risas- porque no sabía dónde se había metido. Aseguró, una vez que eligió la forma de contacto, que le transmitía confianza aunque eso era lo habitual en sus relaciones, porque no tenía más remedio que confiar diariamente en la gente y por la experiencia acumulada intuitivamente la percibía en mi; no me quedó más remedio que autocomprometerme a no desfraudarla.
El
regreso decido hacerlo por el sendero ya mencionado que une Prado Llano con la
Cortijuela, con unas sensaciones diametralmente opuestas a las de aquel día. Hay que atravesar la amplia loma de Valdeinfierno (los nombres se
repiten para diferentes parajes de Sierra Nevada) y al menos tres barrancos portadores
de agua todos ellos hoy: Barranco de Prado Redondo, de Valdeinfierno y de
Genara antes de entrar –de nuevo pero a cota más alta- en la Loma de la Perdiz.
Aquí
se incorpora el sendero Sulayr en el recorrido de su etapa primera, que será el
que yo siga hasta prácticamente su principio junto al Centro de Visitantes El
Dornajo. Primero en brusca bajada hasta unos grandes apriscos, más tarde hasta
una extinta explotación de serpentina (junto al Barranco de Manuel Casas) y ya
por carril y siempre en bajada (Robledal de la Mojoneras, durante cuatro
kilómetros) hasta encontrarme de nuevo con el río Monachil, junto a una pequeña
presa donde está la toma del canal que alimenta
la central eléctrica de Diechar.
Junto
a la toma hay una fuente, creo que la única en toda la zona, que bajo espesa
sombra invita a relajarse y descansar un rato. Cuando decido ponerme en marcha
de nuevo veo el poste indicador que me informa que me quedan 6’4 kilómetros, la
mitad de ellos en subida y escasas zonas de sombras; la otra mitad
prácticamente en llano e incluso bajada en su parte final y con amplias zonas
ensombradas, hasta alcanzar el restaurante junto al que dejé aparcado el coche.
La
pereza me invade, recordando la fresca y agradable estancia junto a la fuente
de momentos antes, pero como estas sensaciones ya son viejas conocidas cuando
estoy cansado, no me cuesta excesivo trabajo sobreponerme e iniciar de nuevo a
andar.
Recordatorio: en nuestras salidas al campo
sólo debemos dejar nuestras pisadas, todo lo demás: impresiones, fotos y
residuos (orgánicos e inorgánicos), deben regresar con nosotros.
Peñón de San Francisco a la izquierda, Veleta a la derecha.
Al fondo Güejar Sierra
Primero (oeste) de los Peñones de San Francisco y Veleta.
Infraestructuras de la estación invernal donde se celebrará el campeonato del mundo el año próximo.
¿Controlando el tránsito?.
Parte alta del Centro de Alto Rendimiento de Sierra Nevada.
Refugio de San Francisco.
Desde la cima del primero, los otros dos (2.511, 2.509 y 2.556 metros).
Hoya de la Mora (derecha) y observatorio astronómico de la universidad de Granada (en desuso)
Foto archivo Sociedad Sierra Nevada
Lo que ha llegado hasta nuestros días
Punto de aprovisionamiento junto al albergue.
Albergue Hoya de la Mora
Antiguo observatorio astronómico universitario.
El cortijo que quería visitar está allá abajo junto al único árbol visible.
Escasos restos de la antigua construcción.
Como casi todos los cortijos serranos contaba con rediles anexos.
Por el barranco de la izquierda baja un arroyo que paliaba las necesidades del asentamiento.
Acercándome al río San Juan.
Río San Juan cota 2.000.
Pequeña cascada a cuyos pies nace la acequia de Hoyo Puente.
Junto a ella aprovecho para recuperar energías.
A estos ruidos se acostumbra uno en escasos minutos.
Joven lagarto ocelado que me acompañó mientras descansaba.
Oteando el horizonte.
Ruinas del cortijo que aprovechaba la protección de la Peña del Perro: "El Rinconcillo?".
Balsa perteneciente al cortijo.
Otra balsa algo mas abajo.
Rediles por doquier.
Ruinas del Cortijo "Los Castaños" con su redil anexo.
Fecha: 6-7-2016 Prado Redondo 7’15h. – 15’15h.(1.750
m.)
M.I.D.E.:2,2,3,3. Collado
Sabinas 8’00h.
Duración: 8h (Circular) Peñones
S. Francisco 9’15h. (2.511m.)
Desnivel en subida: 1000 metros Albergue
S. Francisco 10’00h. (2.400m.)
Temperatura: de 3ºC a 17’5ºC Cortijo 10’50h.
Río
S. Juan 11’50h (2.200m.)
Peña
del Perro 14’15h.
Cuando
alcanzo la cota 1.750, por la carretera antigua de acceso a Sierra Nevada,
aparco el coche al inicio de un carril terrero que además de adentrase loma
adelante da servicio a un cortijo, o mejor, casa de verano: es el paraje
denominado Prado Redondo. Junto al coche me demoro unos minutos a la espera de
contemplar el amanecer (aquí en Sierra Nevada no se ve el sol hasta bastante
después de su salida, no en vano tiene que ascender un puñado de grados hasta
superar las lomas que se interponen.
Tras
caminar unos 200 metros por el carril, sigo una desvencijada señal que aparece
a la derecha. Indica ascensión con el rótulo de Collado Sabinas; más adelante,
ya entre pinos, avistaré algunas señales más, todas ellas con signos evidentes de muchos años y haber soportado condiciones muy adversas (el sendero rodea el Cerro Ahí de Cara por el noreste). El Collado está junto al albergue militar y junto a él enlazo con una vía
pecuaria (1) que ya no abandonaré hasta alcanzar las cercanías de otro collado; el
del Diablo (2.345 metros), (junto a la carretera que da servicio al Refugio de San Francisco).
El
primero de los tres Peñones de San Francisco lo tengo enfrente. De fácil
acercamiento y no tanto ascenso. En su perímetro tiene varias oquedades, que al
parecer, sirvieron de refugio para los últimos lobos documentados de Sierra
Nevada, esquilmados con pertinaz constancia hasta su extinción total en los
primeros años 50 del siglo pasado ("Ley de alimañas" del Ministerio de Agricultura de 1953).
Artículo primero.Se podrá declarar obligatoria la constitución en cada provincia de Juntas de Extinción de Animales Dañinos y Protección a la Caza.
Artículo segundo.Son sus competencias procurar el suministro y distribución de venenos,lazos y demás medios de extinción.Premiar a los alimañeros y a cuantos demuestren de modo fehaciente su aportación en la lucha contra los animales dañinos.
Como
no es mi intención seguir por las cimas de los Peñones, una vez coronado este
“primero”, desando y desciendo hasta retornar al collado. Desde aquí
y con el albergue siempre a la vista me descuelgo monte a través; no hay
sendero ninguno que atraviese el Prado de la Mojonera (aunque la asignación del nombre "prado" es casi un eufemismo), intentando acercarme de la forma más cómoda.
Es
este pequeño refugio de San Francisco uno de los extremos de una anterior
edificación bastante más extensa que no ha llegado completa hasta nuestros
días. En su fachada enseñorea la fecha de 1920 por lo que probablemente sea el
más antiguo de Sierra Nevada. Ante su puerta -cerrada- me siento un rato.
La visita a este pequeño refugio me ha traído a la memoria, la necesidad que he tenido siempre (desde la adolescencia) de buscar un refugio para que durante algún tiempo, ya que podía encerrarme con llave, poder llevar a cabo aquellas ocupaciones que exigían soledad inviolable: lectura, ensueño, llanto y voluptuosidad. Antes me refugiaba en la soledad nocturna, ahora en la soledad serrana.
En
la cara norte de la ladera donde se asienta el refugio y a bastante menor
altura (unos doscientos metros), he avistado en diferentes ocasiones las ruinas
de un cortijo con los vestigios de los bancales que explotaba aunque muy
desdibujados, debido al tiempo de abandono que ha soportado. Hoy he decidido
satisfacer mi curiosidad haciéndole una visita. No he localizado sendero
ninguno, si lo había se ha perdido, así que he tenido que improvisar entre
abundante vegetación, ladera abajo buscando siempre el itinerario menos malo.
Al
final he alcanzado las ruinas del pequeño cortijo bajo la sombra de dos
generosos robles; por debajo algunos terrenos abancalados y algo por encima,
junto al barranquillo que le suministraba el agua, un generoso redil en bastante buen estado. Si
antaño tuvo más arboleda, el abandono ha acabado con ella ya que lo más
parecido que he podido ver en sus inmediaciones son varios rosales silvestres y
algún majuelo. Todo lo demás, si lo hubo, ha desaparecido.
La tierra es engañosa: en vida el ser humano tiene necesidad de habitaciones, despachos, palacios, talleres y tiendas; muerto, se contenta con su propio espacio que no es más grande que una pequeña grieta en la superficie de la Tierra.
Como
las laderas del barranco por donde discurre el río San Juan son muy abruptas (no siendo "andables" en este tramo), no
me queda otra que volver a ascender, en busca del sendero que une el refugio
con el río, que aunque no veo conozco su recorrido. Una vez alcanzado lo sigo
en busca del río donde tengo previsto refrescarme y comer.
Imagino que si yo fuera de carne y hueso y la montaña de piedra, podría cansarme, y resbalar, y hasta romperme la crisma. Pero la montaña y yo no somos más que palabras dentro de un relato. Lo escribo y ya estoy arriba. Voy repitiendo: piedra, subida y yo. Es como una operación mágica, y de ella resulta que asciendo hasta la cima.
Tras
una larga media hora que me demoro junto a una de las cascadas por las que se
desploma aquí el río, retomo el caminar buscando de nuevo el refugio para a
partir de él descolgarme por el sendero que, atravesando en su bajada los
pinares de repoblación, conduce hasta el final del carril terrero por el que
inicié la jornada: Peña del Perro.
Al
abrigo de la peña, me entretengo curioseando las ruinas de otro cortijo que se
aprovechaba de la protección del saliente rocoso, advirtiendo que tuvo hasta
una pequeña balsa que se alimentaba del barranco próximo. De la acequia que
acercaba el agua apenas se puede seguir visualmente su recorrido, el tiempo no
perdona y la vegetación acaba recobrando los espacios borrando las marcas.
Sólo
me queda recorrer los cinco kilómetros del carril -bastante horizontales- hasta regresar al punto de
partida.
(1) Transhumancia: pastoreo tradicional que consiste en pasar los ganados desde las dehesas de invierno a las de verano y viceversa.
Transterminancia: variedad menor de la anterior, corto recorrido por lo general inferior a los 100Km.
Anchos: Cañada Real: 90 varas castellanas (75 metros)
Cordel: 45 varas castellanas (37'5 metros)
Vereda: 25 varas castellanas (20 metros)
Colada: de ancho variable pero siempre inferior a 20 metros.
Recordatorio: en nuestras salidas al campo sólo debemos dejar nuestras
pisadas, todo lo demás: impresiones, fotos y residuos (orgánicos e
inorgánicos), deben regresar con nosotros.