El campo de fútbol junto a la casa forestal "Los Peñoncillos" presentaba este aspecto.
Desde el Mirador de "Las Veguillas" se domina el barranco por el que discurre el río Darro.
La pista forestal que se adentra en el corazón del Parque y que va a ser mi recorrido durante la primera hora.
En las lomas que delimitan el cauce del río se alternan los pinos y las rocas.
Y junto al cauce: alisos, sauces, álamos, juncos, zarzas e hiedras.
A pesar de los restos níveos que permanecen, el caudal del río no es llamativo.
Emblemática Fuente de la Teja, en su día área recreativa, hoy en desuso.
Conforme voy ganando altura, los restos de la nevada se hacen cada vez más presentes.
El sendero circunda el pié del Cerro del Púlpito donde se asientan verdaderas joyas botánicas.
Oigo ruido y descubro la causa ramoneando en la cresta.
Cuando de nuevo llego a la pista forestal encuentro que está totalmente cubierta por la nieve.
Y todo el paisaje dominado por el blanco níveo ocultando los ocres terrosos.
Incluso algunos troncos retenían junto a los líquenes restos de la nevada.
Fuente de la Mora (cota: 1.500 metros) ocupando el centro de una amplia majada.
Juntos, la umbría y el cerrado y alto bosque de pinos, consiguen mantener la capa de nieve con un grosor considerable.
Curiosas huellas las que iba dejando yo tras mi caminar: ¿zarpazos humanos?.
Y por fin doy con las primeras trincheras, en las faldas del Cerro del Muerto, a media altura.
Tras la primera me resulta fácil localizar visualmente las siguientes.
Muchos pequeños puestos de tiro y observación unipersonales.
Algunas construcciones mayores para almacenaje o dormitorio.
Último tramo del sendero Cañada del Sereno que mantenía nieve.
Enfrentado al Cerro del Muerto, otro cerro: el del Corzo con su caseta de observación coronándolo.
El apelativo del "muerto" puede que le venga de esta roca añadiendo algo de imaginación.
Desciendo con Sierra Nevada siempre ocupando la más lejana línea del horizonte.
Atravieso la Loma de los Corrales por las edificaciones que para ese fin en ella existían.
Fecha:11-2-2015 Casa
Forestal Los Peñoncillos 8’30h.
M.I.D.E.:2,2,3,3. Fuente
de La Teja 9’15h.
Duración: 7h (Semicircular) 17 Km. Cerro
del Corzo 10’15h
Desnivel en subida: 560 metros Fuente
de La Mora 11’30h.
Rangos de temperatura: de 0ºC a los 9’5ºC Trincheras Cerro del Muerto 13’45h.
Casa Forestal Los Peñoncillos 15’30h.
La piedra es una
frente donde los sueños gimen
sin tener agua curva
ni cipreses helados,
La piedra es una
espalda para llevar al tiempo
con árboles de lágrimas
y cintas y planetas.
F.G.Lorca
(Cuerpo presente).
Creo
que por ahora esta va a ser la última entrada dedicada a las trincheras
existentes en el Parque Natural de Sierra de Huétor, a no ser que nuevas
referencias me lleven a algún otro lugar donde la magnitud de lo avistado, su
excelente estado de conservación o su importancia subjetiva me contradigan.
El
paraje al que me dirijo hoy se ubica en el corazón del propio Parque. He pasado
reiteradas veces por sus inmediaciones, pero el desconocimiento de su
existencia me ha impedido buscarlas con anterioridad. Hoy voy a dedicar la
jornada, primero a su localización, ya -que como es habitual- las referencias
que poseo son vagas, aunque me han llegado indicios de su gran importancia
durante la contienda.
Voy
a buscarlas en las inmediaciones del Cerro del Muerto (1.541 metros), -no podía
tener nombre más alusivo-. Para no alterar mi proceder habitual alargaré la
caminata hasta llenar una jornada de mínimo seis horas, como ya es mi costumbre.
Voy a aparcar el coche junto a la Casa Forestal Los Peñoncillos (amplio lugar
para el abandono de los vehículos, ya que es una de las puertas más utilizadas
para los que nos acercamos hasta esta sierra), para desde allí iniciar el
recorrido que intentaré que sea lo más circular posible.
Me acoplaré con bastante exactitud (en la parte
circular) a uno de los recorridos más emblemáticos de esta sierra: Cañada del
Sereno, pero lo recorreré en sentido horario, que no es el habitual, para así
conseguir tener al frente, en buena parte de mi regreso, toda Sierra Nevada, a
partir del mediodía, cuando el sol ya incide sobre ella de forma más vertical, lo
que permite apreciar todos los matices del manto blanco, dejando resaltar
incluso las zonas heladas, destacando por su diferente brillo.
A primera hora los restos de nieve que quedan en la
carretera de acceso son hielo, hielo sucio. Por encima de la casa forestal se bifurca la
carretera (ambas cortadas al tráfico por sendas cadenas); tomo el ramal de la
derecha que tras unos centenares de metros en bajada me acerca hasta un
mirador: el de Las Veguillas, donde me detengo unos minutos. Desde él se domina
buena parte del barranco por el que discurre el joven río Darro, hasta
abandonar el Parque.
A partir del mirador la carretera va ganando cota de
forma suave hasta llegar, tras atravesar un estrecho cañón, primero a la altura de un depósito de agua habilitado para casos de incendio en el Parque,
enseguida una fuente con el emblema de Infoca y unos metros más arriba el emblemático
paraje de la Fuente de la Teja, junto a lo que fue –hoy totalmente abandonada y
en desuso- área recreativa. Todo este último tramo de subida lo hago acompañando
al cauce del río que en su curso alto no lleva gran caudal a pesar de las
nieves que aún aguantan en las laderas colindantes. Cauce y pista forestal
comparten el fondo de este estrecho barranco.
No quiero olvidar mencionar que el paraje de la Fuente de la Teja hoy aparecía bastante limpio, en relación a como me lo he encontrado en otras ocasiones. Los carteles a lo largo del sendero renovados y los indicadores del recorrido suficientes y con verticalidad.
Sigue el sendero solapándose con la carretera hasta
que tras una doble curva pronunciada y tras cartel anunciador decide
encaminarse, por la derecha, en soledad, a través de las lomas y siempre en
ascenso. Avanza entre pinos y encinas, allá donde el suelo es algo más rico en
sustrato incluso algún breve prado, mostrando las laderas pedregosas enanos ejemplares arbustivos, que introducen sus
raíces entre las grietas buscando acomodo y humedad.
Buen ejemplo de esta capacidad de adecuarse a las
condiciones diversas del terreno –siempre duras- la encontramos junto al Cerro
del Púlpito y su compañero aún más pedregoso, si cabe. Merece la pena detenerse
unos minutos y junto al panel explicativo, observar las diferentes poblaciones
vegetales que consiguen extenderse por sus laderas. Aun no consigo, dadas las
escasas referencias que llevo, situar satisfactoriamente las trincheras que voy
buscando, por lo que sigo recorriendo el trazo del sendero atento a los
“signos”. Pronto alcanzo de nuevo otra pista terrera que da servicio a un par
de cortijos, por un lado, y enlaza con la Fuente de la Mora por el otro.
Decido acercarme hasta la fuente. El trazado de la
carretera es propicio, por su umbría, para mantener una generosa capa de nieve,
que la va a tapizar hasta el final, mi final. Decido parar un momento antes de
continuar la marcha para calzarme los crampones, no en vano los he paseado a lo
largo de la mañana: los años me vuelven precavido, imaginando lugares en que predomina el
hielo junto a que hoy no me apetece arriesgar. Estoy bordeando el Cerro del Muerto por su base. Bastante incómodos para caminar
por nieve blanda, muy eficaces para las láminas heladas. Llega la nieve a
alcanzar un grosor de cerca de los 20 centímetros, sobretodo en el corto tramo
de bajada hasta la fuente. La intensa protección que ofrecen los esbeltos –más
de 20 metros- y apiñados pinos, junto a la orientación norteña del bosque en esa
zona, favorece su conservación.
Junto a la fuente, durante los minutos que dedico a
comerme el bocadillo me dejo acariciar por el sol. El regreso hasta enlazar de
nuevo con la “Cañada del Sereno”, es volver a recorrer el tramo lineal de la caminata de hoy. Una
vez alcanzado el sendero de nuevo, tengo que cruzar el arroyo helado que ocupa
el barranco Polvorite antes de ascender por la umbría del mismo nombre. Aquí
demuestran su agarre los crampones, ya que la pendiente es pronunciada y los
tramos de hielo frecuentes.
Acabada la pendiente, comienza una zona de llaneo (a media cota), rodeando las faldas del Cerro del Muerto (1.541 metros); sigo atento a los
laterales intentando descubrir ‘algo’ que me indique la ubicación de las buscadas trincheras.
Entre la nieve y la poca información, casi me doy por vencido, pensando en
dejar para otro día una búsqueda más intensiva. De pronto, decido desviarme del
sendero y adentrarme en la ladera contigua porque considero que
estratégicamente es buen lugar para la ubicación de lo buscado. No me equivoco,
apenas andados unos metros aparece la primera construcción.
El resto es como seguir el hilo de la madeja. Basta
caminar por la línea de trinchera cavada en la tierra, reforzada con muro de piedra
apilada en seco (los republicanos apenas si usaron el hormigón en esta sierra),
donde se intercalan diferentes puestos de tiro y observación o escucha (algunos
de ellos con un corto pasillo de acceso en diagonal), que rodea buena parte de
la cresta de la colina. En la cara norte varios pequeños refugios (almacenaje o
dormitorios), a retaguardia de las trincheras, aprovechando la protección de las rocas existentes.
El cansancio y la abundante nieve me han hecho
desistir de hacer un recorrido extenso e intenso por la zona para ver si existían
más estructuras. También ha quedado para otra ocasión ascender hasta la cima
del Cerro del Muerto, para cerciorarme si las edificaciones escalaban el cerro
o sólo se quedaron a media loma, como las avistadas hoy.
El resto del recorrido, ya en bajada suave, continua
y mayoritariamente soleada, ha sido un paseo gratificante. Terreno cómodo de
andar, sendero ancho y bien marcado, estupendas vistas al frente con Sierra
Nevada en el horizonte y un extenso bosque mediterráneo en primer plano. En el
mirador alto ha sido repuesto el cartel explicativo de los enclaves más
significativos que desde él se ven. Por el contrario, el mirador bajo sigue
“desahuciado” desde hace años y no parece que haya interés en que cambie su
situación.
Con mi habitual constancia e interés, creo que
conseguiré “doctorarme” en la geografía de los conjuntos defensivos de la Sierra de Huétor.
Conozco ya hasta diez enclaves de los que la mayoría están dentro de los
límites del Parque Natural, y los que geográficamente se ubican fuera de él ocupan cerros cercanos a ellos. Aunque, para ser sinceros, la localización de las
trincheras no deja de ser una excusa, ya que no alcanza a ser la razón, para
lanzarme a recorrer nuevos parajes de esta próxima, muy "andable" y atractiva
sierra.
Recordatorio: en nuestras salidas al campo
sólo debemos dejar nuestras pisadas, todo lo demás: impresiones, fotos y
residuos (orgánicos e inorgánicos),
deben regresar con nosotros.
La mezcla entre roca y vegetación es una de las características de esta sierra.
Aunque la luz de la mañana no es propicia ¿quién se resiste?.
Acequia Fardes. Herencia morisca que parece que o va a llegar a cumplir los 800 años.
El cauce de la acequia permite esta exuberancia en ambas riberas.
Lamentable que se deje morir algo que sostiene tanta vida. Y, estamos hablando de un Parque Natural.
Las cimas rocosas y cortadas de la vecina Sierra de Harana, (Jinestral).
Desde la fuente de Las Chorreras la mirada se eleva instintivamente hacia arriba.
En las zonas de umbría, a pesar de haber pasado 10 -buenos- días de la nevada, aun se acumulan algunos centímetros.
Las cimas rocosas de la Cuerda de la Gallega.
Aquí la acequia ya no transporta agua, la ha perdido entre taponamientos y fugas.
Poco a poco va licuándose vivificando todo su entorno.
En algunos barrancos protegidos permanentemente por la umbría, la nieve apenas ha perdido espesor.
Incluso, a veces aun "llovía" nieve desde las ramas de los árboles.
Las profundas huellas que dejaba en algunos lugares alcanzaban los 20 centímetros.
Cortijo Linillos, hoy en ruinas. Me recuerdo, no hace tanto, resguardado de un chaparrón en su soportal.
Ubicado unos metros por encima del recorrido de la acequia, tenía suministro propio de agua un poco más arriba.
Este ha sido mi itinerario de subida hacia primero el collado y después el cerro Tamboril.
Antes de alcanzar la cima ya me encuentro con las primeras construcciones.
La línea defensiva escalaba hasta la cima del Tamboril y se prolongaba alcanzando el próximo Tambor.
Excelentes panorámicas desde la cima del cerro Tamboril: Peñón de la Mata y Sierra de Elvira.
Mirada entre "hermanos". Apenas los separan unos minutos de marcha y un metro de altura.
Hoy la nevada seguro que ha ocultado a mi vista algunas de las trincheras existentes.
Desde la lejanía sería imposible localizarlas si no se sabe previamente hacia donde hay que mirar.
Alcanzado el cerro Tambor inicio el regreso. De Sierra Nevada se visualiza toda la línea de los tres miles.
Desde el Tambor, el Majalijar techo de este Parque Natural.
Huellas delatoras del deambular de los animales serranos.
Área de Acampada "Florencia", donde se aprecian las muchas huellas de los visitantes.
En las fuentes del área se aprecia el grosor de la nevada.
Las instalaciones sólo están abiertas durante la temporada veraniega.
Barbacoas que hoy no calentaban nada.
Vista general del área de acampada Florencia con el Majalijar de horizonte.
Fecha:28-1-2015 Las
Mimbres 8’30h.
M.I.D.E.:2,2,3,3. Cortijo
Las Chorreras 9’30h.
Duración: 6h (Circular) 16.5 Km.
Cortijo
Linillos 10’55h. Desnivel en subida: 833 metros Cerro
Tamboril 11’30h.
Rangos de temperatura: de -3ºC a los 13’5ºC Cerro Tambor 12’00h.
Zona
Acampada Florencia 13’30h.
Las
Mimbres 14’30h.
“... Que fue en Granada el crimen
sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada”. A. Machado.
Hoy
continúo con la visita, si las encuentro, a otro conjunto de trincheras
ubicadas en el Parque Natural Sierra de Huétor. Ya conocía la importancia que
esta pequeña sierra, cercana a Granada, tuvo durante la pasada Guerra Civil,
pero ignoraba algunos de los enclaves que durante ella se escogieron para cavar
puestos de vigía o tiro, aprovechando enclaves muy estratégicos y con gran
visibilidad y dominio sobre el terreno circundante.
Conforme
voy conociendo nuevos lugares (y aun me queda al menos otro por visitar) me
percato de que esta sierra fue una “posesión” muy codiciada e importante para
unos –que no querían bajo ningún concepto perder su dominio- y, otros –que
pelearon muy duro por dominarla-.
Debemos
imaginarnos esta sierra mucho más despoblada de cubierta vegetal. Las
repoblaciones se iniciaron una vez terminada la guerra, por lo que las vistas a
las que ahora accedemos desde estos enclaves, están lejos de las despejadas que
en su momento debió haber, más si tenemos en cuenta que la poca vegetación
arbustiva existente tuvo que ser esquilmada para calentarse. Ahora, perdida su
importancia estratégica guerrera, mantienen sin embargo la de ser
extraordinarios miradores naturales.
Aunque
la geografía es común y la continuidad física prolonga estas montañas hasta la
cercanía de Diezma, las más cercanas a cada una de las poblaciones recibe el
nombre de la misma, así nos encontramos con denominaciones de sierras de: Viznar,
Alfacar, Cogollos, Beas, Huétor, Iznalloz e incluso Harana (que como excepción,
confirma la regla).
Los
menos tres grados centígrados que hay a mi llegada son engañosos. En cuanto
asciendo, acercándome al trazado de la acequia la temperatura se atempera
llegando incluso a hacerse agradable. A partir de ese momento y con la ayuda
del sol, que va ganando altura y a pesar del extenso manto de nieve, no volveré
a necesitar abrigarme durante el resto de la jornada, incluso prescindo de los
guantes.
Me
dirijo hacia el Cerro Tamboril (1.591 metros), donde mis referencias sitúan
este complejo trincheril. Gemelo a este cerro –en altura e incluso en el
nombre-, se sitúa el del Tambor (1.592 metros), que por su cercanía aprovecharé
para visitar. Como dato curioso mencionaré que el límite del Parque atraviesa
la cima del Tamboril dejando al suroeste y fuera de su término al Tambor
(adopciones incompletas). En mis recorridos por la Sierra de Huétor estoy
constatando que una de las características de las ubicaciones de trincheras a
lo largo y ancho de esta sierra era la visibilidad entre unos puestos y otros,
por lo que la comunicación por señales debía ser habitual.
El
camino más corto para acercarme hasta la base del Tamboril sería atravesando el
Parque a través del carril general, que recorre la base del mismo cerro, pero
no es mi intención esa, por lo que decido aparcar el coche junto a la Fuente de
los Potros (área recreativa de las Mimbres) para remontar hasta la acequia
Fardes y en su compañía desplazarme hasta las inmediaciones del Cortijo
Linillos.
No
por conocido y reconocido anteriormente deja de tener un especial encanto este
tramo de sendero totalmente horizontal que recorre -por una cota baja- toda la
Cuerda de la Gallega, amenizado por el cauce de la acequia Fardes y con la
siempre presente, en la lejanía y a nuestra izquierda, de Sierra Nevada. A la acequia accedo subiendo desde el espacio dedicado a los columpios de los más
pequeños. Tras unos minutos de fuerte subida –alrededor de 100 metros- me
reencuentro con ella.
La
última vez que anduve junto a la acequia constaté su abandono, ya que estaba en
varios tramos, obstruida por ramas de las podas y algunos desprendimientos.
Hoy, además de todo lo apuntado en aquella ocasión, la he encontrado cortada.
Un tramo de alrededor de 50 metros se ha venido abajo por lo que, si no se
actúa rápidamente, perderemos una de las obras de regadío construidas durante
la dominación árabe, con una maestría notable.
A
pesar de la pena que este abandono produce, el recorrido sigue siendo
encantador. Hoy amenizado por los restos níveos que la baja temperatura ha
conseguido mantener y que en las zonas umbrías ha llegado a acumular más de
veinte centímetros. El recorrido bajo encinas, quejigos, robles, sauces y
mimbreras más los inevitables pinos, todo regado por la acequia con más de 700
años, pronto dejará notar la falta de agua ya que no consigue avanzar por su
cauce más allá del primer barranquillo, no sobreviviendo siquiera a la propia
valla del Cortijo Las Mimbres, que me ha venido acompañando casi desde el
principio.
Tras
una hora de marcha alcanzo la fuente, en la parte alta, junto a la gran balsa para
el servicio del Infoca, todo ello ubicado por encima del cortijo Las Chorreras.
Aquí es obligado un breve alto para admirar, tras un giro de 360 grados, todo
lo que se ve. Estoy al pie del Majalijar, cima y límite oeste del Parque Natural.
Ahora, por la mañana, recibiendo el sol aún bajo, ofrece una estampa
inconfundible, elevándose más de seiscientos metros sobre mi cabeza. También
domino las cumbres destacadas de la Cuerda de la Gallega: Majalijar a la
izquierda (1.878 m), Alto de las Buitreras (1.785 m), Tajo de los Halcones
(1.567 m.), para terminar con el Tajo de los Garduños (1.515 m), por la derecha.
El
sendero sigue acompañando al ya seco cauce de la acequia durante otros cuatro
kilómetros. Salvo algunos cortos tramos en que discurre por mina y algún otro
en que la dificultad del terreno obliga al sendero a separarse temporalmente
del cauce, el hermanamiento es continuo. Así llegaré hasta las inmediaciones
del Cortijo Linillos. Actualmente recomiendan –cartel junto a la fachada- no penetrar
por su estado ruinoso.
Camino
sobre el carril del propio cortijo a la busca de la carretera, pero sin
intención de llegar a ella, por ahora. Cuando paso bajo la línea de alta
tensión, decido no vadear más y ascender directamente siguiendo el trazado de
la propia línea eléctrica. Arriba, en el collado, se divisa una de las torretas. Estoy
seguro de que va a cobijar el principio de mi objetivo. Monte a través, con la
dificultad añadida de la nieve que cubre buena parte de la ladera, me lanzo a
la subida.
En
el mismo collado ya encuentro los primeros restos. Son pequeñas construcciones
rectangulares muy desechas por el abandono y el tiempo. Aun se aprecian, en éstas
primeras avistadas, lo que fue el acceso en forma de L, imagino que para cortar
el aire. A partir del collado hay continuidad de trincheras hasta la cima del
Tamboril (1.591 metros), cumbre que alcanzo en algunos minutos y continúan
ocupando buena parte del itinerario que lo une a su hermano el Tambor (1.592
metros), incluida la corta vaguada que los separa.
He
alcanzado el punto más lejano y más alto del recorrido programado para hoy. El
aire que comienza a soplar no me impide que siga visualmente las maniobras de
un helicóptero que sobrevuela esta parte de la sierra. No parece que esté
buscando algún accidentado, parece mejor que se han desviado de su ruta para
recrearse, desde el aire, de la vista de esta pequeña y hoy “sierra nevada”.
La
vuelta he decidido hacerla por la pista principal que atraviesa
longitudinalmente (norte – sur) el Parque. Quiero acercarme hasta el Área de
Acampada de Florencia que hace ya algunos años que no visito, y por otro
lado, evitarme el recorrido junto a la acequia cuando el sol ha calentado y la
fundida nieve convierte el sendero en un auténtico barrizal.
La
Zona de Acampada Libre Organizada Florencia se abre a los pies del Cerrillo
del Poste (1.374 metros). Aprovecha una
gran explanada donde se han instalado mesas, barbacoas y fuentes junto a un par
de edificaciones para los servicios, cocina y almacenaje. Salpicado de algunos
árboles para proveer sombra y la cercanía del arroyo de Las Perdices (que suele
llevar agua hasta avanzado el otoño) lo convierten en lugar muy atractivo,
inmerso en pleno Parque Natural, ideal como inicio de numerosas salidas, por lo
que es habitual encontrarlo lleno de gente joven durante el periodo veraniego.
Recordatorio: en nuestras salidas al campo sólo debemos dejar nuestras
pisadas, todo lo demás: impresiones, fotos y residuos (orgánicos e inorgánicos), deben regresar con
nosotros