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miércoles, 2 de abril de 2014

Granada, una tarde de invierno

Después de algunos días en que las nubes y la lluvia han sido las protagonistas, el de hoy ha amanecido espléndido, soleado y templado. El cuerpo me pide pasear, por lo que decido subir hasta el Albayzín para lo que me acerco en mi caminar hasta la Puerta de Elvira y ascender por la cuesta de Alhacaba, uno de los accesos al barrio. Cuesta empinada que en mi juventud tenía que re-correr, en ambos sentidos, varias veces al día para mis asistencias a clase en el  Instituto Padre Suárez.

A media cuesta me desvío a la izquierda para remontar, por callejuelas estrechas y empinadas, hasta el mirador de San Cristóbal. Es una buena "atalaya" para contemplar parte de la Alhambra, la ciudad y de fondo la invernal Sierra Nevada. Desde él se domina buena parte de la vega y las puestas de sol son extraordinarias aunque no tan famosas. 

La tarde soleada y limpia de nubes me permite admirar el homogéneo manto blanco que ha adquirido en estos días Sierra Nevada. Destaca la amplia loma del pico Veleta surcada por las pistas de esquí visibles desde aquí.

La torre de la Colegiata del Salvador nos señala el barranco del Valparaiso, discurriendo entre la Dehesa del Generalife y la colina de San Migel Alto que la muralla zirí rasga, con su aserrada figura, en su descenso ladera abajo.

La única iglesia quemada durante la contienda civil española que permanece en su estado ruinoso, ya que no se le ha hecho ninguna obra desde entonces, es la de San Luis en la calle del mismo nombre, algo por encima de una pequeña aljibe de paso. Lugar disfrutado durante largos años de juegos infantiles y correrías por las callejuelas de los alrededores.

Aunque restaurada y con mejor  aspecto que en años pasados, me ha llamado la atención la disposición y tamaño de las ventanas, muy juntas ellas, dejando casi todo el espacio restante de la fachada huérfana, como si se quisiera concentrar la luz en un sólo espacio interior.

En la parte baja de la calle de San Luis, junto a otra de las aljibes y algo por encima, se encuentra la placeta Cruz de Rauda y junto a ella un excelente mirador con buenas vistas a parte del barrio, incluida la Iglesia del Salvador y esquina oeste de la Alhambra. Pero a mi me ha llamado la atención una casa pintada con llamativo color rojo que ha sustituido la balaustrada de una pequeña terraza por grandes macetones. No apta para pequeñines.

La Vereda de Enmedio, como su nombre indica, recorre la colina de San Miguel (cerro del Aceituno) a media altura. Sus largas y estrechas calles se enlazan unas con otras formando un pequeño rompecabezas que hay que aprender; dejarnos llevar por ellas es un juego que hay que asumir si se quiere deambular por la zona. En su primer tramo, entre chumberas, nos muestra la Ermita coronando la colina y un conjunto de casas cueva poblando sus laderas, refugio de amables gentes desubicadas y de triste actualidad últimamente. 

Sigo avanzando hasta, aprovechando una tapia algo más baja que las colindantes, asomarme y contemplar un abigarrado mosaico de tejados dispuestos en infinidad de alturas, entre los que descollan tres torres de distintas iglesias del barrio: San Bartolomé, San Cristóbal y Colegiata del Salvador de derecha a izquierda.

La Alhambra siempre la voy a tener presente y enfrentada, visible cuando las construcciones son suficientemente bajas, aunque a veces también la vegetación intenta ocultar o adornar las vistas hacia el conjunto monumental.

Abajo la arteria que da servicio al barrio del Sacromonte, más abajo aun, casi ocupando el resto de ladera hasta el río Darro, aulas, capilla, jardines y zonas deportivas: las instalaciones de la Casa Madre del colegio del Ave María. Por encima las casas, zambras y el Museo Etnológico de la Mujer Gitana donde se muestra la forma de vida de esta etnia a través del tiempo, con sus oficios y dedicaciones tradicionales, llenando las diferentes cuevas habilitadas al efecto; en definitiva, una muestra de su cultura.

Generalife, palacio de verano donde descansaban pasando los días de verano entre jardines, fuentes y huertas, la élite gobernante del momento. Ocupa una colina junto a la Alhambra. A mitad de la Cuesta de los Chinos, que discurre entre las colinas ocupadas por la Alhambra y Generalife, existe un paso que se usaba para la comunicación de ambos edificios. Su uso era sólamente diurno por la falta de seguridad, al ser un recinto no amurallado. Destaca su color blanco frente al rojo de la Alhambra.

En el mirador de Mario Maya me alcanza el ocaso y yo remoloneo espectante. Es un ensanchamiento de la propia calle, medio ocupado por unas mesas de un bar, algún banco y por los curiosos o turistas que saben encontrarlo. Con buenas vistas hacia el oeste, estorbadas por las voluminosos copas de algunos grandes árboles que no sabría decir si dificultan o colaboran a mejorar las vistas. 

Hoy el sol se ha ocultado justo detrás de las ramas altas de uno de ellos (eucalipto?), permitiendo que los últimos rayos no me deslumbraran al intentar captar el momento.

De regreso, como no, me acerco hasta el Mirador de San Nicolás, que como ya es habitual atrae a gran cantidad de propios y foráneos para disfrutar del ocaso y del encendido de la iluminación en la Alhambra. Es el Mirador por antonomasia del palacio, aunque siempre hay discrepancias entre los conocedores y asiduos del barrio, decantándose algunos por otros. 

Me aparto unos metros y me introduzco en el pequeño jardín de la Mezquita Mayor del Albayzín, bastante más solitaria y con excelente situación. Hoy sentado en uno de los muretes que delimitan los parterres de su recoleto  jardín, con la Alhambra iluminada al frente, junto a un cantarín surtidor y de fondo escuchando los rezos de los fieles, no hacía falta mucha imaginación para retrotraerse seiscientos años.

Sin duda el espectáculo de los palacios nazaríes junto con la torre de la iglesia de Santa María de la Alhambra y las dos fachadas del Palacio de Carlos V , todo protegido por la muralla defensiva y sus emblemáticas torres, monopolizan cualquier mirada.  

El interior de la Mezquita Mayor del Albayzín conjugando el blanco de sus paredes perfectamente encaladas, los tejados rojos, las oscuras vigas de madera vistas y las leyendas en paredes armonizan todo el conjunto; su pequeño jardín con dos surtidores dentro de pequeñas figuras geométricas estrelladas, decoradas con azulejos aportando el constante rumor del agua tan apreciado por los árabes, es un lugar excelente para la contemplación, disfrute y éxtasis.

La casi abandonada iglesia de San Nicolás estaba abierta y en ella me introduzco para constatar que la subida a la torre no esta habilitada a estas horas,  pero si iluminada esta pequeña capilla enfrentada a la puerta de acceso. En lo que fue la sacristía hay una pequeña tienda de suvenir.

Minarete de la Mezquita a la que no he podido acceder, por estar en horario de culto y arrancar su acceso desde la sala de oración. Sin duda debe ser un excelente mirador también. La inscripción con caligrafía kúfica es toda una declaración de fé: "No hay mas dios que Allah. Muhammad es el mensajero de Allah".

Arco de las Pesas, una de las entradas al barrio del Albayzín. Entrada en recodo como todas las defensivas, que da acceso a la plaza Larga, tradicional centro económico y social del barrio.

Si hay alguna plaza emblemática en el barrio y que lo define sin lugar a dudas es ésta: La Plaza Larga. Ya en mi niñez era visita obligada para hacer las compras diarias porque en ella se situaba el mercado, la carbonería donde agenciábamos el picón para el brasero o el gasóleo, el pescado e incluso las barras de hielo. Sin olvidar el apeticible café con un dulce en Casa Pasteles.

Calle del Agua, arteria que vertebra el centro del barrio alto junto con la calle Panaderos. Hace años llena de vida y de tiendas, ahora algo más apagada conforme sus habitantes van engrosando el censo de las clases pasivas.

Colorida tienda de abanicos y otros artículos. Pero lo que realmente me llamó la atención fue la mueca provocadora de la pícara brujita.

En la plaza de San Bartolomé, ya en retirada, me detengo embelesado por el silencio y la soledad.

Al pasar junto a la Iglesia de San Cristóbal veo las vidrieras de las ventanas superiores iluminadas y no dudo en acercarme. Hace muchos años que no la encontraba abierta. Estaban algunos cofrades ensayando y programando sus salidas con el paso cargado de sacos cementeros, para ir acostumbrando el cuerpo al peso previo a los cercanos desfiles semana-santeros, tras saludarlos y hacer un par de fotos, me retiro y los dejo en sus quehaceres.

De nuevo en el Mirador de San Cristóbal  contemplo buena parte del centro de la ciudad que se domina ampliamente desde este enclave. Las siluetas de los edificios más emblemáticos son fácilmente reconocibles para cualquier granadino.

Y como no podía de ser otra forma una última mirada a la Torre de la Vela, zona militar de la Alhambra y extremo oeste del conjunto.


He querido cambiar el formato habitual de mis entradas por considerar que el tipo de imágenes mostradas y el recorrido paseístico por algunos de los más emblemáticos rincones de la ciudad alta así lo aconsejaban, intentando transmitir intimidad.

GRANADA,  6 de febrero de 2014.

miércoles, 11 de enero de 2012

Joyas granadinas II: Generalife

El Generalife visto desde la Alhambra.

La Cuesta de los Chinos separa los dos conjuntos: Alhambra y Generalife.

Despues de haber cruzado al otro lado del barranco.

Paseo arbolado de acceso a los jardines.

Espacio escénico habilitado dentro del recinto.

El boj y las plantas aromáticas tan frecuentes en estos jardines.

Arquerias de cipreses sustituyen a los de obra.

En el jardín nuevo de suelo empedrado y paredes vegetales.

El agua como elemento imprescindible.

La multitud de fuentes aportan el rumor contínuo del agua.

Separaciones vegetales entre los distintos espacios.

Desde el otro lado del barranco enfrentados ahora a la Alhambra.

Cualquier estancia por pequeña que sea presume de fuente.

La estampa más conocida: el Patio de la Acequia.

Espacios reservados a la agricultura que se siguen manteniendo en fechas actuales.

Pabellón este del Patio de la Acequia.

Detalle de las yeserías con que están adornadas algunas paredes.

Grandes miradores que dando sombra propician el que corra el aire.

Pabellón oeste del Patio de la Acequia.

Vista general del patio.

Pórtico arcado.

Desde el Generalife se disfrutan amplias vistas hacia el Albayzín.

Techumbres de los pabellones.

La construcción más alta del conjunto.

Mediante escaleras se accede a las distintas paratas ajardinadas.

Disposición original con la que salva el desnivel. Escalera del agua.

Al ser habitualmente usada en verano los espacios abiertos son vitales.

Paseo de salida bajo dosel de laureles.

Se recortan los cipreses evocando las formas de las ruinas.

Viejos troncos retorcidos presumen de edad.

Saliendo del Generalife entre cipreses y árboles de hoja caduca.




GENERALIFE   (Granada)

La descripción del complejo del Generalife con sus jardines y construcciones se puede abordar de forma técnica con la enumeración de las estructuras que lo componen o de forma poética. Ya que no poseo los conocimientos técnicos para enfocarlo desde ese punto de vista ni la capacidad literaria para transmitiros elevadas sensaciones o describiros ensoñaciones atractivas, porque no soy ni arquitecto ni poeta, me limitaré a intentar expresar las sensaciones que el recuerdo mantiene de mis abundantes recorridos durante mis paseos por estos parajes, alguno de ellos muy reciente.

Siempre que pienso en el Generalife me vienen a la mente, inconscientemente, tres elementos: la vegetación ya sea en forma de setos, paredes de cipreses o grupos florales, el agua omnipresente en cualquier rincón del recinto y los juegos de luz y sombras. Para ser completo habría que mencionar un cuarto pero éste va a depender de la época en que se realice la visita: los penetrantes olores emanados por la gran cantidad de plantas aromáticas sembradas por todo el recorrido.

Separado del conjunto de los palacios por el barranco por el que discurre actualmente la Cuesta de los Chinos, era la residencia veraniega de los monarcas nazaríes, utilizada en la primavera y el verano como segunda residencia, generalmente sólo durante el día ya que la defensa era mínima al carecer de murallas. Junto a las construcciones y los jardines, el resto del terreno se dedicaba al cultivo, estructurado tanto unas como otras en paratas para aprovechar el terreno ya que está ubicado en la falda de una colina.

Complementada durante los años veinte y treinta del siglo pasado con un jardín a base de setos de cipreses y la plantación de multitud de plantas aromáticas y otras florales, junto con la posterior habilitación de un espacio escénico, crean el espacio que hoy podemos visitar.

No se siente igual cuando eres joven o muy joven que después cuando los años te van dejando un poso de experiencia y actitudes corregidas. La visión del entorno de los pocos años cuando las mayores preocupaciones eran los enfados entre amigos o las regañinas de los mayores, conseguían olvidarse pronto y no afectaban el curso normal del día, no conseguían dejar ese regusto triste o de insatisfacción que otros acontecimientos vividos con más edad vamos acumulando.

Si consideramos bajo este prisma las etapas por las que he transitado a lo largo de los años, distinguiría cuatro. Una, la primera donde se entiende la vida como residente en un mundo ideal donde todo o casi todo se te da sin apenas esfuerzo por tu parte; en situaciones normales percibimos y vivimos en un mundo ideal. Una segunda donde ya eres consciente de que el mundo donde nos ha tocado vivir no es una balsa de aceite y se despierta el deseo utópico del cambio hacia la perfección. Un tercero cuando los sentimientos controlan y dominan tu existencia, cuando el ver y el sentir se hacen a través del otro, cuando los momentos felices son exultantes y los tristes son angustiosos. Y finalmente un cuarto cuando la madurez nos ha obligado a asumir el mundo como es y acoplarnos dentro de él de la forma más cómoda posible en la seguridad de que, salvo excepciones, sólo puedes influir en tu entorno más cercano y en tu mano está el colaborar a que éste sea lo mejor posible.

Durante todo ese discurrir de años con todas las vivencias y experiencias asociadas a ellos tengo la suerte de ser granadino y haber contado con un espacio emblemático que de alguna forma me ha ayudado a transitar por las cuatro etapas haciéndose escenario y a veces protagonista de todas ellas. Yo al menos, soy consciente de la ventaja de contar con el conjunto de la Alhambra y el Generalife en mi ciudad y sería capaz de afirmar que sería bastante distinto de no haber contado con el concurso y vivencias en y desde esos dos espacios.

Criado en el Albayzín, en los primeros años junto al mirador de San Nicolás, catapultado a la fama muchos años más tarde por algunas visitas ilustres, estaba acostumbrado a “desayunarme” con las vistas de la Alhambra y el Generalife durante todos los días. Por otro lado el embrujo, las leyendas y la accesibilidad de estos espacios junto con las frecuentes visitas a sus entornos hacían que aumentaran el interés que cualquier edificación antigua despierta en las mentes infantiles.

Más tarde aprovechábamos cualquier escusa para una visita, bien la falta de algún profesor en el instituto lo que nos dejaba alguna hora muerta sobre todo si se podía sumar al rato del “recreo” para subir, o sencillamente una tarde de buena temperatura y sin otra cosa mejor que hacer. Las visitas eran rápidas y puntuales, ya que los tiempos de los que disponíamos eran cortos, pero seguían despertando la curiosidad y sobre todo seguían siendo muy atractivas. Las vivencias ya no se basaban en la aventura, sino que eran más románticas y ensoñadoras.

Posiblemente me venga de la niñez la atracción que siento por la conjunción de construcciones y bosque, quizás aprendí a gozar y sentir esas experiencias en la Montaña del Sol de las que me quedan muy buenos y vivos recuerdos apaciguados por la pátina del tiempo.

Ahora las visitas en días soleados a los jardines del Generalife, aprovechando las primeras horas del día cuando la afluencia de visitantes es mínima, el conocimiento del terreno, la elección de un banco apartado a ser posible debajo de una “bailarina” junto a la fuente que le da su más amplio sentido, aportando el rumor y el frescor del agua, producen un efecto embriagador que te predispone para el recuerdo, la lectura o sencillamente la contemplación, ya que entro en un estado en que las percepciones sensoriales se van adormeciendo hasta acabar perdiendo interés y lo único que se percibe es esa sensación de bienestar que te da el constatar que: “todo está bien”.

Consciente de la dificultad de transmitir este tipo de sensaciones o sentimientos ya que el ser “únicos” dificulta la comprensión de estas vivencias ajenas os dejo con algunas de las fotografías que he tomado últimamente.