miércoles, 11 de enero de 2012

Joyas granadinas: Generalife

El Generalife visto desde la Alhambra.

La Cuesta de los Chinos separa los dos conjuntos: Alhambra y Generalife.

Despues de haber cruzado al otro lado del barranco.

Paseo arbolado de acceso a los jardines.

Espacio escénico habilitado dentro del recinto.

El boj y las plantas aromáticas tan frecuentes en estos jardines.

Arquerias de cipreses sustituyen a los de obra.

En el jardín nuevo de suelo empedrado y paredes vegetales.

El agua como elemento imprescindible.

La multitud de fuentes aportan el rumor contínuo del agua.

Separaciones vegetales entre los distintos espacios.

Desde el otro lado del barranco enfrentados ahora a la Alhambra.

Cualquier estancia por pequeña que sea presume de fuente.

La estampa más conocida: el Patio de la Acequia.

Espacios reservados a la agricultura que se siguen manteniendo en fechas actuales.

Pabellón este del Patio de la Acequia.

Detalle de las yeserías con que están adornadas algunas paredes.

Grandes miradores que dando sombra propician el que corra el aire.

Pabellón oeste del Patio de la Acequia.

Vista general del patio.

Pórtico arcado.

Desde el Generalife se disfrutan amplias vistas hacia el Albayzín.

Techumbres de los pabellones.

La construcción más alta del conjunto.

Mediante escaleras se accede a las distintas paratas ajardinadas.

Disposición original con la que salva el desnivel. Escalera del agua.

Al ser habitualmente usada en verano los espacios abiertos son vitales.

Paseo de salida bajo dosel de laureles.

Se recortan los cipreses evocando las formas de las ruinas.

Viejos troncos retorcidos presumen de edad.

Saliendo del Generalife entre cipreses y árboles de hoja caduca.




GENERALIFE   (Granada)

La descripción del complejo del Generalife con sus jardines y construcciones se puede abordar de forma técnica con la enumeración de las estructuras que lo componen o de forma poética. Ya que no poseo los conocimientos técnicos para enfocarlo desde ese punto de vista ni la capacidad literaria para transmitiros elevadas sensaciones o describiros ensoñaciones atractivas, porque no soy ni arquitecto ni poeta, me limitaré a intentar expresar las sensaciones que el recuerdo mantiene de mis abundantes recorridos durante mis paseos por estos parajes, alguno de ellos muy reciente.

Siempre que pienso en el Generalife me vienen a la mente, inconscientemente, tres elementos: la vegetación ya sea en forma de setos, paredes de cipreses o grupos florales, el agua omnipresente en cualquier rincón del recinto y los juegos de luz y sombras. Para ser completo habría que mencionar un cuarto pero éste va a depender de la época en que se realice la visita: los penetrantes olores emanados por la gran cantidad de plantas aromáticas sembradas por todo el recorrido.

Separado del conjunto de los palacios por el barranco por el que discurre actualmente la Cuesta de los Chinos, era la residencia veraniega de los monarcas nazaríes, utilizada en la primavera y el verano como segunda residencia, generalmente sólo durante el día ya que la defensa era mínima al carecer de murallas. Junto a las construcciones y los jardines, el resto del terreno se dedicaba al cultivo, estructurado tanto unas como otras en paratas para aprovechar el terreno ya que está ubicado en la falda de una colina.

Complementada durante los años veinte y treinta del siglo pasado con un jardín a base de setos de cipreses y la plantación de multitud de plantas aromáticas y otras florales, junto con la posterior habilitación de un espacio escénico, crean el espacio que hoy podemos visitar.

No se siente igual cuando eres joven o muy joven que después cuando los años te van dejando un poso de experiencia y actitudes corregidas. La visión del entorno de los pocos años cuando las mayores preocupaciones eran los enfados entre amigos o las regañinas de los mayores, conseguían olvidarse pronto y no afectaban el curso normal del día, no conseguían dejar ese regusto triste o de insatisfacción que otros acontecimientos vividos con más edad vamos acumulando.

Si consideramos bajo este prisma las etapas por las que he transitado a lo largo de los años, distinguiría cuatro. Una, la primera donde se entiende la vida como residente en un mundo ideal donde todo o casi todo se te da sin apenas esfuerzo por tu parte; en situaciones normales percibimos y vivimos en un mundo ideal. Una segunda donde ya eres consciente de que el mundo donde nos ha tocado vivir no es una balsa de aceite y se despierta el deseo utópico del cambio hacia la perfección. Un tercero cuando los sentimientos controlan y dominan tu existencia, cuando el ver y el sentir se hacen a través del otro, cuando los momentos felices son exultantes y los tristes son angustiosos. Y finalmente un cuarto cuando la madurez nos ha obligado a asumir el mundo como es y acoplarnos dentro de él de la forma más cómoda posible en la seguridad de que, salvo excepciones, sólo puedes influir en tu entorno más cercano y en tu mano está el colaborar a que éste sea lo mejor posible.

Durante todo ese discurrir de años con todas las vivencias y experiencias asociadas a ellos tengo la suerte de ser granadino y haber contado con un espacio emblemático que de alguna forma me ha ayudado a transitar por las cuatro etapas haciéndose escenario y a veces protagonista de todas ellas. Yo al menos, soy consciente de la ventaja de contar con el conjunto de la Alhambra y el Generalife en mi ciudad y sería capaz de afirmar que sería bastante distinto de no haber contado con el concurso y vivencias en y desde esos dos espacios.

Criado en el Albayzín, en los primeros años junto al mirador de San Nicolás, catapultado a la fama muchos años más tarde por algunas visitas ilustres, estaba acostumbrado a “desayunarme” con las vistas de la Alhambra y el Generalife durante todos los días. Por otro lado el embrujo, las leyendas y la accesibilidad de estos espacios junto con las frecuentes visitas a sus entornos hacían que aumentaran el interés que cualquier edificación antigua despierta en las mentes infantiles.

Más tarde aprovechábamos cualquier escusa para una visita, bien la falta de algún profesor en el instituto lo que nos dejaba alguna hora muerta sobre todo si se podía sumar al rato del “recreo” para subir, o sencillamente una tarde de buena temperatura y sin otra cosa mejor que hacer. Las visitas eran rápidas y puntuales, ya que los tiempos de los que disponíamos eran cortos, pero seguían despertando la curiosidad y sobre todo seguían siendo muy atractivas. Las vivencias ya no se basaban en la aventura, sino que eran más románticas y ensoñadoras.

Posiblemente me venga de la niñez la atracción que siento por la conjunción de construcciones y bosque, quizás aprendí a gozar y sentir esas experiencias en la Montaña del Sol de las que me quedan muy buenos y vivos recuerdos apaciguados por la pátina del tiempo.

Ahora las visitas en días soleados a los jardines del Generalife, aprovechando las primeras horas del día cuando la afluencia de visitantes es mínima, el conocimiento del terreno, la elección de un banco apartado a ser posible debajo de una “bailarina” junto a la fuente que le da su más amplio sentido, aportando el rumor y el frescor del agua, producen un efecto embriagador que te predispone para el recuerdo, la lectura o sencillamente la contemplación, ya que entro en un estado en que las percepciones sensoriales se van adormeciendo hasta acabar perdiendo interés y lo único que se percibe es esa sensación de bienestar que te da el constatar que: “todo está bien”.

Consciente de la dificultad de transmitir este tipo de sensaciones o sentimientos ya que el ser “únicos” dificulta la comprensión de estas vivencias ajenas os dejo con algunas de las fotografías que he tomado últimamente.