lunes, 9 de enero de 2012

Barranco de Valdeazores (Despeñaperros - Jaén)


Casa forestal Valdeazores, desde donde comienza la travesía de hoy.

Parte del recorrido de hoy lo hacemos a través de bosque mediterráneo.

El primer objetivo de hoy ya lo tenemos a la vista.

El recorrido está salpicado por buenos ejemplares de alcornoque.

Refugio existente en el  Collado de la Aviación.

Aquí arriba hasta las piedran exhiben colores.

Disfrutando del sol y del paisaje.

Angostos pasillos rocosos.

Sólo nos separa de los Órganos el desfiladero.

Camuflándose entre las rocas.

Una bandada de buitres sobrevolando las rocas.

Tres más.

Restos de construcciones en el Collado de la Aviación.

Tapial del Castillo de "Castro Ferral".

Desde 1212 y aún consiguen mantenerse en pié.

Los esquivos ciervos que apenas se dejaban ver.

Para que no existan dudas de que son de repoblación

A algunos ejemplares de alcornoque siguen sacándole la "piel".

El águila espantada.

El gato cautivo.

Naturaleza reflejada.
El amanecer nos pilla en la carretera.




Fecha: 21-12-2011
M.I.D.E.:2,2,2,2
Duración: 6 horas (25.500p)
Desnivel en subida: 300 metros
Rangos de temperatura: de 2ºC a los 17ºC



Para los que no lo hayan percibido les diré que he ampliado en la cabecera el ámbito de mis andanzas. No creía apropiado seguir aludiendo en el título al ámbito restringido de Granada, cuando últimamente me estoy moviendo por entornos más lejanos. Después de la salida de hace unas semanas por algún paraje del parque del Despeñaperros y dado que la experiencia fue sumamente grata, aprovechando que mi hijo, gran enamorado de ese espacio, puede acompañarme de nuevo, decidimos acercarnos para hacer un nuevo recorrido, esta vez por el Barranco de Valdeazores.

Este barranco lo recorre un arroyo de corta vida que discurre de forma perpendicular al desfiladero, donde desemboca. El sendero que vamos a recorrer hoy bordea todo el barranco, de formas bastantes regulares cubierto en su mayoría por diversa vegetación monte mediterráneo y en el resto por coníferas implantadas por prácticas de reforestación.

Partimos, al igual que el sendero, desde la casa forestal de Valdeazores. A ella se llega mediante una pista que sale unos doscientos metros una vez pasada la señal informadora de que hemos entrado en la comunidad andaluza (se accede sólo en dirección Madrid-Cádiz) y un poco antes del mirador del Jardín del Despeñaperros. Tras ascender unos trescientos metros a través de esta pista nos encontramos con la casa forestal junto a la cual podemos aparcar el coche, ya que es desde aquí de donde arranca el sendero que pretendemos seguir hoy, estando vedado a partir de ese punto seguir en el vehículo si no es autorizado.

Esta mañana cuando hemos comenzado a andar la temperatura era baja. Después de dos horas de coche con la calefacción puesta, al salir al exterior el cuerpo está medio adormecido por lo que es prioritario activarlo para que se ponga en marcha y con esta temperatura es difícil. Por otro lado corregir la afirmación hecha un poco más arriba ya que hoy no hay sendero, sino pista de tierra exclusivamente desde el principio hasta el final. Hubo un sendero según manifestaciones del guarda forestal que en su día fue habilitado junto a una conducción de agua, pero las correntías provocadas por las tormentas arrasaron los puentes construidos para salvar los pequeños barrancos y cegaron el sendero en otros tramos, así que se decidió abandonarlo e indicar como subida la pista terrera. No hay excesiva diferencia ya que ambos subían por la ladera de la loma hasta el collado a no mucha distancia uno del otro. Del sendero hoy apenas quedan vestigios en contados lugares.

Al llegar a la casa forestal nos recibe un perro muy ladrador, al estar atado el pobre animal se desfoga dando vertiginosas vueltas, con el radio de la longitud de la cadena que lo sujeta, lo que hace que el círculo al que tiene acceso esté profundamente marcado. Aparcamos el coche junto a la casa e iniciamos la caminata, bien abrigados. La pendiente no es excesiva y se va a mantener casi constante durante buena parte del trayecto. Caminamos por una pista bastante ensombrada por pinos, cipreses, alcornoques, encinas, deliciosos madroños…, esta subida remonta por la cara este del barranco y dada la hora que es (alrededor de las 10 de la mañana), el sol va caldeando el ambiente, así que pronto nos sobran algunas prendas de abrigo.
Cuando ganamos altura se nos abren vistas al otro lado del barranco cubierto éste por vegetación de tipo mediterráneo con algunos colores, ya no muy vivos de los robles y quejigos, debido a lo avanzado del otoño. Una vez alcanzado el collado, se nos ofrecen varias alternativas ya que la pista se ramifica en tres direcciones, escogemos la de la izquierda que es la que según el panel informativo nos acerca al Collado de la Aviación donde existe un pequeño refugio que durante la refriega civil sirvió como control antiaéreo (del que recibe el nombre), posteriormente usado como refugio para pastores y también como punto de control para la prevención de incendios.

Un poco más adelante, ya por sendero, el único y corto tramo en toda la jornada, se llega al final del recorrido, desde donde prácticamente encima del desfiladero del Despeñaperros y enfrentado a los órganos se obtiene una amplísima panorámica de toda la zona. Desde aquí arriba se domina todo el desfiladero, desde antes de su comienzo (Santa Elena) hasta la salida ya en dominios de la comunidad manchega. Se aprecia buena parte de la extensa provincia de Jaén e incluso alcanza la vista hasta territorios pertenecientes a la de Ciudad Real.

Tras un rato merodeando por encima de las peñas buscando las fotos más atractivas y una vez que hemos iniciado el regreso para tomar el bocadillo un poco más atrás, nos sorprende una bandada de buitres (más de veinte) que aprovechado las térmicas que el calor del sol forma junto a las paredes casi verticales del Despeñaperros, sobrevuelan las rocas sobre las que hemos estado nosotros poco antes. Animados con la posibilidad del espectáculo cercano, decidimos volver y sentarnos al filo del desfiladero para al tiempo que comemos disfrutar del majestuoso planeo más que vuelo de estas grandes carroñeras ya que apenas baten las alas en sus desplazamientos.

El bocadillo se ha prolongado durante casi una hora, en que los buitres no han dejado de trazar círculos sobre nuestras cabezas. Al final han sido más obstinados ellos y se han quedado por allí en busca de sustento mientras nosotros regresábamos haciendo el mismo camino de ida, al menos hasta el cruce.

De nuevo en el cruce y dado que íbamos sobrados de tiempo, debido al corto recorrido hecho, hemos decidido acercarnos a las ruinas del Castillo de Castro Ferral. No en vano estamos en la región de Europa que tiene más castillos por kilómetro cuadrado, este hecho ha sido propiciado históricamente por ser paso obligado para todos los invasores entre el sur y la meseta por un lado y por otro el haber ejercido de frontera durante largos periodos en la Reconquista. Tomado en el año 1212 poco antes de la Batalla de las Navas de Tolosa.

Tras un corto trayecto por la pista hay que abandonarla para acercarnos al castillo por un amplio cortafuegos que se dirige directamente hasta él. De este castillo solo quedan un par de esquinas y un trozo de tapial. Se aprecia su origen árabe en la forma de construcción similar a la de la Alhambra, en donde los tapiales formados de piedras y argamasa dejan ver, aun a fecha de hoy, los agujeros ocupados en su día por los travesaños de madera que se utilizaron para sujetar las planchas laterales antes de su relleno, dichos travesaños quedaban embutidos en la pared pero el tiempo, la humedad y la carcoma los destruye dejando los agujeros que ocuparon. Situado en la cima de una colina, tenía como misión guardar el desfiladero de la Losa, lugar por donde el rey castellano Alfonso VIII con sus tropas, pretendía cruzar Sierra Morena.

Una vez cumplimentada la visita más intuitiva que real, dada las escasas ruinas que permanecen, sólo nos queda recorrer el mismo camino de ida hasta la casa forestal donde iniciamos la jornada. Tanto durante la subida como en la bajada hemos divisado multitud de ciervos, animales esquivos que no permitían que nos acercáramos a menos de unos cien metros y cuando lo intentábamos emprendían una ágil huida monte a través, hasta una vez asegurada la distancia quedarse totalmente inmóviles lo que los hacía mimetizarse entre la maleza, desapareciendo a la vista.

En nuestro recorrido de bajada hemos espantado a un precioso ejemplar de águila, que tras la fugaz visión que nos ha permitido al salir de su posadero a desaparecido entre la arboleda para volver a aparecer ya bastante alta y barranco arriba. Alguna demora junto a un cortijo con un gato cautivo condenado a buscarse el sustento con la caza de ratones, misión tradicionalmente asignada a estos felinos; apreciar los reflejos de los árboles en una amplia y limpia alberca por encima de la casa forestal y dialogar un rato con el inquilino de la casa forestal informándome, una vez eliminado el recelo mostrado inicialmente ante nuestra presencia, sobre algunas características de la zona y del por qué de la inexistencia del mencionado sendero del que hoy apenas hemos podido intuir.

No quería terminar sin mencionar un detalle que nos ha llamado poderosamente la atención, tanto a mi hijo como a mí. Hay multitud de nidales artificiales colgados a lo largo de todo el recorrido, algo comprensible dentro de un espacio natural y protegido como es el que visitamos, pero curiosamente transmiten la sensación de que han sido colgados muy a la ligera y con poco interés de que los ocupen sus inquilinos naturales. Para que un nidal sea atractivo para los pájaros ha de reunir una serie de características como son: que su espacio sea suficiente, que la entrada sea angosta, que tenga un posadero a la entrada, etc., y otras en cuanto a su colocación: que estén a una altura que transmita seguridad, que esté orientada la entrada adecuadamente y que no estén excesivamente cerca unos de otros.

Pues bien entre los observados durante el recorrido de hoy muchos estaban excesivamente bajos, a menos de dos metros del suelo; algunos muy pegados entre sí y la mayoría no estaban adecuadamente orientados hacia el este, dando la impresión de haber hecho un trabajo encomendado deprisa y corriendo, sin prestar excesiva atención en su ejecución para conseguir el fin que se supone perseguían.

Finalizando comentaros que los ciento setenta kilómetros que nos separan de Granada, esta tarde “primaveral” por la temperatura se han hecho amenos y dado que el cansancio acumulado no era excesivo, los hemos disfrutados a pesar de que el paisaje de estas tierras es monótono debido al monocultivo del olivo.



Recordatorio: en nuestras salidas al campo sólo debemos dejar nuestras pisadas, todo lo demás: impresiones, fotos y residuos (orgánicos e inorgánicos), deben regresar con nosotros.