miércoles, 2 de octubre de 2013

Salobreña (Granada)

Colina rocosa donde se asienta el castillo.
Pared vertical que defiende su cara oeste.

Desde uno de los miradores.

Ya veo algunas estructuras del castillo.

Parte del recorrido de subida.

Por aquella ventana me asomaré más tarde.

Amplios espacios aterrazados rodean el lado norte del castillo.

Una de las puertas de acceso.

Curiosidades constructivas.

Escalinata, rampa y adornos.

Interior del recinto.

Torre semicircular.

Torre y muralla defensiva.

Casas aledañas al castillo.

Calle Alto Albaicín.

Limitado para anchos de espalda  (60 centímetros).

Desde el Parque Municipal.

Visitando La Caleta.

Altas rocas delimitan el paseo.

Las nubes no dejaron "lucirse" al sol.

La Caleta.

La Roca desde La Caleta.


Salobreña (Granada).

Fecha: 14-08-2013


Antiquísima población granadina que ha permanecido atractiva para los asentamientos a lo largo de la historia como lo demuestran los restos arqueológicos encontrados. Hace unos miles de años la “Roca” donde se asienta el Castillo y parte de la población eran una isla. A través de los milenios el río Guadalfeo fue rellenando con sus sedimentos convirtiendo los alrededores en una fértil vega.

El río Guadalfeo, que recoge buena parte de las aguas de la vertiente mediterránea de Sierra Nevada ha causado tradicionalmente problemas por la magnitud de los arrastres que sus aguas producían. Ya los árabes para que el azud de Vélez tuviera amplia vida diseñaron diferentes represas por encima de Orgiva con el fin de decantar las aguas antes de llegar a las zonas más llanas. Asimismo a la hora de decidir la construcción del embalse de Rules fue uno de los parámetros que más estudios acaparó.

El tradicional cultivo de la caña de azúcar que durante más de mil años fue la actividad principal de la zona ha dejado paso al cultivo de productos tropicales y sobre todo al turismo que actualmente es la fuente principal de riqueza de la población. Aquí poseen segundas viviendas muchos granadinos y algunos jienenses, por lo que los habitantes se multiplican durante la estación estival.

Pero “bajarse a Salobreña” como decimos los granadinos hoy se entiende principalmente como un día de playa y relax. Eso es lo que hemos hecho nosotros, al menos en parte, ya que a mi el estar tumbado en la arena no me llama mucho la atención. A partir de la primera hora el tiempo se me hace largo y el cuerpo me pide movimiento. Aprovechando que mi mujer contaba con la compañía de mi hijo y su mujer, los he abandonado a los tres en la playa para deambular por otros parajes.

Me he animado, a pesar del soleado día y la alta humedad del ambiente a la que no estoy acostumbrado, a remontar la Roca para visitar el Castillo y los barrios colindantes. He optado por subir por su cara oeste, aprovechando una escalinata salpicada de miradores que hace unos años habilitó el ayuntamiento y que desgraciadamente hoy está semi abandonada, sin servicio en las farolas y con los yerbajos adueñándose de todo el recorrido.

Aun así y tras encontrar el inicio de la subida semioculto en la estrecha carretera de acceso hacia el barrio de la Caleta y cerrado por una valla metálica que un par de jubilados me han animado a traspasar, he comenzado mi ascensión disfrutando de las vistas que ofrecen los numerosos miradores habilitados a lo largo de la subida. Incluso me he encontrando algún visitante solitario, que aprovechando la sombra de la roca pasaba la mañana leyendo un libro digital, que extrañado por mi presencia y tras el saludo de rigor ha proseguido impertérrito su labor ajeno a turistas esporádicos.

El acceso escalonado fue diseñado para acceder al recinto amurallado del castillo escalando el alto tajo que protege al peñón por esta cara oeste. Se tiene constancia de su existencia en el siglo XIII aunque hay referencias anteriores de una Salobreña fortificada. Su uso ha sido dispar a través de la historia, desde residencia veraniega para los monarcas granadinos hasta prisión de los sultanes destronados, incluso se habla de la estancia de Muley Hacen padre de Boabdil. Vuelve a ser recinto militar en la época cristiana, lugar estratégico para la defensa costera.

La entrada al castillo es a través de una torre con la típica forma en recodo, solución defensiva habitual nazarí, recurso ampliamente utilizado en el Alhambra. Tras la compra de la correspondiente entrada, me dedico a recorrer los distintos espacios habilitados para la visita. Curiosamente, como en la Alhambra existe una Torre del Cubo que al igual que la granadina es circular, la Alcazaba y las distintas torres: Homenaje, Nueva, Vieja, del Agua, Coracha.

Una vez terminada la visita castillar decido reintegrarme a la familia para lo que recorro en mi bajada los barios encalados que rodean por su cara sur el promontorio hasta acabar en una de las avenidas junto al Parque Municipal. Estrechas calles algunas profusamente adornadas con macetas, generalmente las fachadas con cenefas alicatadas o pintadas en colores más sufridos que me recuerdan altamente al Albayzín. Justo cuando estoy apreciando las coincidencias constructivas con mi barrio granadino leo en la pared el rótulo de una de ellas: "Calle Alto Albaicín". Casi todas ellas con pendiente, algunas en rampa, otras escalonadas, casi todas peatonales, no por imperativo municipal sino por imposibilidad física, salpicadas con miradores. Por pura curiosidad me introduzco en la que presumo que debe ser la más estrecha de la población, apenas 60 centímetros entre paredes con fuerte pendiente y escalonada.

Tras callejear bajando y para que no me tilden de “desertor” acorto mi deambular por el pueblo y me acerco hasta la playa no sin antes reservar mesa en un restaurante del Paseo Marítimo. Cumplidas las devociones y las obligaciones me reincorporo al estrecho espacio en la playa que han sabido defender en mi ausencia. No recuerdo una playa más atestada en toda mi vida, en algunos sitios había que dar un gran rodeo para acceder al agua, lo que me sirvió para justificar mi ausencia alegando que: así no merece la pena.

Tras el corto baño de rigor, secarse y recoger todos los bártulos para una vez en casa y tras la ducha preceptiva acercarnos al restaurante para comer. Me llama poderosamente la atención que siendo Salobreña una población que vive casi exclusivamente del turismo, sean al menos algunos, tan poco profesionales que no sepan corregir un error de un camarero, diría más, que quieran arreglarme haciéndosela pagar al cliente: kafkiano.

Me estoy refiriendo al establecimiento donde comimos: Restaurante Azules ubicado en el propio Paseo Marítimo en que la calidad-precio son adecuados, la atención del personal es correcta, la ubicación muy agradable pero la profesionalidad muy deficiente ya que no supieron, primero aceptar y después corregir un incidente; es más la persona encargada (Pedro) en lugar de colaborar a subsanar un error de un camarero lo convirtió en un problema ya que su única solución fue hacérnoslo pagar a los clientes.

O conseguimos profesionalizarnos o la crisis en esta nuestra Granada dejará de ser evento puntual para convertirse, como las enfermedades mal curadas, en crónica. Lástima.

Recordatorio: en nuestras salidas al campo sólo debemos dejar nuestras pisadas, todo lo demás: impresiones, fotos y residuos (orgánicos e inorgánicos), deben regresar con nosotros.