miércoles, 11 de septiembre de 2013

Parque Natural Cabo de Gata: III (Almería)

La niebla se tragaba el paisaje.

Ocupó el pueblo buscando el mar.

Amanecer entre niebla.

Desde la ventana de la habitación.

Toda la playa era "particular".

Invitación a caminar.

Medusa varada.

Caminar sin obstáculos.

Torreón de Vela Blanca.

La mancha blanca le aporta el nombre.

Nos adentramos en plena sierra volcánica.

Formas caprichosas en las rocas.

Diversa flora en las colinas volcánicas.

Barrancos que desembocan directamente en el mar.

Pequeñas calas junto a altos acantilados.

Entrada casera muy elaborada.

Las coladas volcánicas se sumergen en el mar.

Fuertes y verticales cortados.

Dunas fosilizadas.

Generosas cosechas de espartos.

Abundancia de palmitos.

A pesar de tanta roca la vegetación ocupa todo el terreno. 

Ventanas naturales.

La primavera no pasa desapercibida.

La piel de las rocas.


Parque Natural Cabo de Gata: III (Almería)

Fecha:10 al 15 – 6 – 2013


La niebla cerrada anula las distancias. Envueltas en una luz mortecina, blanca y difusa, las formas se inmovilizan. La niebla detiene el paso del tiempo y acentúa el silencio. Sólo escuchamos lo muy lejano o aquello que aparece de repente ante nosotros. Se esfuma el término medio. (Carlos Hita)

Esta madrugada, no me acordaba en absoluto, jugaba España un amistoso, me han ayudado a recordarlo la celebración de los goles por algunos de nuestros “vecinos” excesivamente extrovertidos. Después, una vez acabado el partido, vino la calma y el silencio. No obstante, no tuvimos la precaución de bajar la persiana de la habitación y aunque la doble cortina si estaba corrida, poco después de las 6'30 horas se colaba la claridad en la habitación netamente orientada hacia el este.

Aprovechando que ya estaba despierto, he salido a la terraza para esperar el amanecer, disfrutando mientras tanto de las amplias y espesas nubes bajas que iban invadiendo los campos colindantes, avanzando diligentes en busca del mar. Poco a poco se han ido tragando todo el paisaje, difuminando formas, hasta escalar la fachada del hotel y llegar hasta el tercer piso, en cuya terraza estaba yo contemplando el espectáculo.

Casi coincidiendo con esa “inundación” ha aparecido el sol, muy velado y con un gran halo apenas capaz de atravesar la densa capa de niebla. No ha sido hasta pasado un buen rato, cuando ha ganado altura sobre el horizonte, cuando a empezado a decantarse claramente la batalla a su favor para ya cerca de las nueve mostrar un claro dominio de luz y calor habiendo barrido los últimos restos de niebla.

Después de desayunar, sin prisas, nos hemos acercado hasta la playa para tomar el sol de forma relajada. Una vez en la playa he recordado que hace más de veinte años (últimamente para muchos de mis recuerdos siempre han pasado más de veinte años), durante un periodo de estancia en Almería capital por motivos laborales, nos acercábamos a estas playas entre Cabo de Gata y las Salinas por su amplitud (más de cuatro kilómetros) y por la poca afluencia de visitantes, tanto era así que cuando alguna otra pareja o familia no “respetaba” la distancia de “intimidad” estimada en no menos de 50 metros, los ya asentados nos mostrábamos molestos por la cercanía. Sentíamos que habiendo tanto espacio “estaban invadiéndonos”.

Hoy cuando hemos llegado, pasadas las diez de la mañana, prácticamente todo la extensión de playa era para nosotros, luego conforme iban pasando las horas se han ido agregando usuarios, todos deseosos de disfrutar del sol, ya que todavía el agua no posee una temperatura atractiva.

Tomar el sol, pasear por la orilla arenosa mojándonos los pies (sintiendo nuevas texturas no habituales), fotografiar alguna moribunda medusa que ya tan cerca de la orilla no tiene capacidad para luchar contra el oleaje y se deja arrastrar hasta la playa, o devolver un pequeño perro aburrido por la prolongada inactividad de su dueña y que en busca de entretenimiento se me acerca juguetón.

Recuerdo un reportaje que hablaba, situado en algún país nórdico europeo, de la importancia para los pequeños de aprender a sentir con los pies. Para ello habían habilitado itinerarios que descalzos se recorrían pisando distintos materiales: cortezas de árbol, arena, fresca hierba, suelo duro, agua, barro, como una experiencia de aprendizaje más a acumular por el menor. Aprender a sentir y diferenciar con esa parte de nuestra piel que generalmente llevamos cubierta y protegida.

Por la tarde una vez reposada la comida, en parte para dejar pasar las horas de más calor, hemos decidido recorrer un tramo del sendero que transita por la parte quizás más característica de terreno volcánico de todo el Parque. Si el interés es por las archiconocidas calas de Mónsul y Genoveses, recomiendo entrar por San José, bien en coche o bicicleta, tanto si se pretende dedicar el día al baño o si lo que se quiere es apreciar la belleza del recorrido al completo.

Como no era nuestro caso, nos hemos acercado en coche hasta el Torreón de Vela Blanca. Se puede aparcar el vehículo en una pequeña explanada y continuar ya a pie. Primero subiendo hasta las cercanías del torreón, hoy cerrado y bastante desatendido. Creo que actualmente pertenece a algún particular, aunque su visita no es posible si merece la pena contemplar las amplias panorámicas que desde arriba se abarcan.

El acantilado de Vela Blanca que ostenta una altura de 200 metros está coronada por una torre de vigilancia además de un cerrado recinto plagado de antenas. Se trata de la mitad que permanece a la vista de un antiguo volcán submarino que recibe su nombre a que en su base, justo a nivel del agua, se encuentra una duna fosilizada que recuerda la forma de una vela de color blanco y que contrasta drásticamente con el color oscuro de la roca superior.

Junto al aparcamiento, tras una barrera por estar este tramo vetado a vehículos de motor, arranca un carril que en bajada pierde los metros que hemos ascendido para llegar de nuevo al nivel del mar. Se prolonga poco más de un kilómetro, todo en bajada a la ida, pero suficiente para apreciar las coladas volcánicas en todo su esplendor, complementando el color oscuro de las lavas con algunas plantas aromáticas y los palmitos tan habituales en toda esta sierra. Los paisajes y panorámicas en que se contraponen los azules del cielo y del agua, hoy totalmente en calma, con los ocres, marrones y rojizos intensos de las rocas reclaman poderosamente nuestra atención.


Recordatorio: en nuestras salidas al campo sólo debemos dejar nuestras pisadas, todo lo demás: impresiones, fotos y residuos (orgánicos e inorgánicos), deben regresar con nosotros.