jueves, 11 de octubre de 2012

Granada, paseando por la ciudad.

Labores matutinas.

San Jerónimo a primera hora.

Quizás le sobre pan y le falte  todo lo demás. 

Desde la Avenida de la Constitución.

Callejeando hacia San Cristóbal.

Ya diviso una buena parcela de la ciudad.

Rincones.

Casi he llegado al mirador de San Cristóbal.

Aljibe de San Cristóbal.

Iglesia de San Cristóbal.

Plaza junto a San Bartolomé.

Carmen de las Tres Estrellas.

Callejón del alto Albaicín.

Entre flores a la espera del sol.

Iglesia  El Salvador.

Calle de La Charca.

Exterior del palacio de Dal-al-horra.

Ganándose la vida.

Iglesia de San Nicolás.

Uno de los patios del Centro de Estudios Árabes.

Portillo de acceso al aljibe del Centro de Estudios.

Interior del patio con la entrada a la biblioteca al fondo.

Generalife.

Panorámica del jardín del Centro de Estudios.

Cuesta de los Chinos.

Puerta de acceso, muralla y torreones defensivos.

Salida del agua sobrante del monumento que volverá al río Darro,.

Colores.

El agua elemento vital de la Alhambra.

Iglesia de Santa Ana.

Parte del Albaicín desde el mirador.

Bajando a Plaza Nueva.

Fachada de la catedral de Granada.



Fecha: 26-9-2012                                                                                                             


GRANADA paseando por la ciudad.


No he creido nunca mucho en eso de “hacerse comprender” –en realidad, “comprender” es una cuestión del otro-; debemos expresarnos con la mayor claridad posible, pero no hacernos comprender, ya que en ese forzado empeño nos pasamos peligrosamente al terreno ajeno del vecino, nos alejamos de nosotros, nos falseamos. Ramón Gaya:  Fragmento de Picasso, Novall y el Arte Moderno  España 1971.

Echaremos la culpa a la climatología, esa ciencia inexacta que predice los fenómenos atmosféricos y que hoy me ha impedido salir hacia la sierra como tenía previsto, ayudada en parte por el abandono de última hora de mi acompañante que se ha dejado seducir por las cálidas, sugerentes y acogedoras caricias de las sábanas a primeras horas de la mañana sobre todo cuando se está de vacaciones y se purgan excesos.

Así que levantado y sin desafíos montañeros a la vista he decidido darme un largo paseo por mi ciudad: Granada. No puede faltar en el equipaje de un  pertinaz visitante de calles y lugares la cámara a la que he hecho acompañar hoy de un chubasquero por aquello de: y si al final tienen razón y llueve. A primera hora el cielo mostraba a partes iguales el desteñido azul matutino y el gris plomizo de las nubes. Ambos cambiaban su ubicación rápidamente empujados por el aire, deseosos de ganar la partida.

Salgo de casa y asciendo por la calle Gran Capitán donde me encuentro a trabajadores municipales baldeando las calles, en San Juan de Dios el bullicio lo aporta la gente joven que ocupan las aceras dirigiéndose a las facultades. Desgraciadamente también hay otros que por no tener a donde ir siguen durmiendo en plena calle ajenos a todo lo exterior: han aprendido a desconectarse y perder el miedo a la vulnerabilidad. Desemboco en la Avenida de la Constitución, que en cualquier día claro sirve de marco, mirando al este, para las blancas casas del Albaicín y la sierra detrás, concretamente el Veleta. Hoy sólo se ven las primeras, el segundo era reo de las nubes que en ningún momento de la mañana lo ha liberado. 

Me dirijo hacia la Cuesta de Alhacaba pasando junto a la Puerta de Elvira, pero la abandono casi enseguida, prefiero callejear por las estrechas y empinadas cuestecillas que me acercan hasta el mirador de San Cristóbal. Conforme voy ganado altura en la ascensión de la colina voy teniendo una perspectiva más amplia de la ciudad. El mirador ocupa una extensión de la amplia curva de la antigua carretera de Murcia que rodea a la iglesia. Con excelentes vistas de la ciudad, de la Alhambra y de la sierra, no tiene la fama que el de San Nicolás pero quizás las vistas que desde él se tienen sean más completas.

Me acerco hasta la iglesia ya que detrás se ubica el aljibe árabe perforado en el subsuelo. Se accede a través de unas escaleras en caracol hoy protegidas con una cancela. En una de las paredes ha arraigado una higuera que prospera exuberante tapando buena parte de la vista y que si se le deja estar acabará ocupando todo el lugar. Rodeo la iglesia para hacer una foto desde la plaza en su pared oeste y retorno sobre mis pasos, para dirigirme entre estrechas, cortas y quebradas callejuelas hasta “las cuatro esquinas”, no sin antes visitar la plaza y aljibe de San Bartolomé.

La cuesta de San Gregorio, mil veces recorrida en ambos sentidos en mi infancia está plagada de escolares que se precipitan hacia las puertas de la escuela. A la altura del aljibe tomo a la derecha para visitar el carmen de Las Tres Estrellas que languidece en su abandono a la espera de que alguien se interese por su compra. Poco más adelante desemboco frente a la puerta de otro: “El Amor Perdido”. Conozco el barrio, me siento cómodo transitando por él a la vez que me apabullan los múltiples recuerdos de mis vivencias.

Me es imposible perderme aquí, simulo callejear sin sentido, jugando a descubrir dónde me lleva el azar y éste acaba depositándome en la plaza del Salvador. Rodeo la Iglesia y me encamino hacia la zona de San Nicolás, calle y plaza de la Charca. Antes me acerco hacia el Aljibe del Rey para recordar el horario asignado para las visitas individuales: tengo una pendiente hace tiempo ya que otro día la pertinaz lluvia me impidió saborear el recoleto patio-huerta-jardín que lo adorna. Así como el horario del palacio de Dal-al-horra (martes y jueves por la mañana).

Ahora sí me dirijo hacia la plaza y mirador de San Nicolás donde coincido con un grupo de turistas que rápidamente despìertan la vena artística de un cantaor que acompañado de su guitarra y un palmero tratan de atraer la atención y la generosidad del grupo tratando de hurtarle protagonismo a la Alhambra, para una vez recibidas las dádivas caer en letargo silencioso que seguro conseguirá despertar la llegada del próximo grupo. Aun no es hora de visitar los jardines de la Mezquita por lo que continúo mi caminar.

Me descuelgo por las Tomasas hasta la Cuesta del Chapiz. Quiero acercarme al edificio que ocupa La Escuela de Estudios Árabes para visitar, si me abren, sus jardines. Responden rápidamente a mi llamada facilitándome la entrada, sólo me solicitan que respete los pisos superiores del complejo por estar ocupados por despachos. El complejo consta de varios edificios orquestados sobre un par de  patios, uno de ellos rodeado de altos cipreses, con una alberca rectangular central que ofrece contrastes de colores, la de los peces rojos nadando entre nenúfares verdes y sus flores blancas todo ello sobre un fondo de agua casi negra que se limita a reflejar el nublado día del que disfruto hoy. Complementa el conjunto un amplio y alargado jardín con viejos setos de boj y cipreses salpicado de algunos árboles frutales. Por debajo las escuelas madre del Ave María, por encima el camino del Sacromonte.

Una vez fuera de nuevo, lo primero que advierto es el silencio que he disfrutado durante mi estancia en los jardines. Termino de bajar la cuesta y tras cruzar por el puente el río Darro retomo la subida hacia la Alhambra por la Cuesta de los Chinos. Empinada cuesta a medias escalonada y en su primer tramo empedrada que discurre entre las dos colinas: una (derecha) la de la Alhambra con su línea de muralla y torreones de la que nos separa un arroyo que lleva las aguas sobrantes del monumento y otra (izquierda) en donde se asienta el Generalife con sus huertas. A media altura me vuelvo para observar un retazo del Albaicín delimitado por los laterales de la cuesta.

Una vez arriba, tras pasar bajo las dos arcadas, la moderna para comunicar peatonalmente los dos monumentos y la vieja por donde discurre la acequia que alimenta los jardines y fuentes de la Alhambra, no quiero subir más porque tengo la intención de acercarme al Palacio de Carlos V  para visitar las exposiciones actuales: Sorolla a la que no me dejan entrar por llevar mochila, me sugieren que la deje en consigna (aprovecho que es un pintor muy atractivo para mi mujer y pospongo la visita para algún otro día en que me pueda acompañar) y el Museo de Bellas Artes a la que accedo sin ningún problema.  Estando en el palacio comienza una suave lluvia que hace que me demore paseando entre las columnas de su interior a la espera de que amaine.

Enseguida retomo la bajada para atravesando la Puerta del Vino salir por la Puerta de la Justicia, recorrer el empinado tramo de bosque hasta desembocar en la cuesta de Gomérez para desviarme por encima de la iglesia de Santa Ana. Hacía tiempo en alguno de mis “deambuleos” por la ciudad encontré un mirador a media altura entre el río Darro y las murallas de la Alhambra. Enfrentado al bajo Albaicín es un lugar apenas frecuentado ya que la calle no tiene salida y muere a la puerta de un Carmen. Las vistas de todo el entramado de blancas casas salpicadas con el verde de la vegetación hacen de la panorámica algo muy sugerente, por otro lado el no ser un sitio habitual al que acude el turismo aporta la soledad y tranquilidad necesarias para disfrutar mejor de las vistas.

Antes de volver a Plaza Nueva aprovecho las reparaciones en un abandonado Carmen para, tras pedir permiso, recorrer su interior. El edificio de dos plantas en avanzado abandono no aconseja su visita por lo que me limito a recorrer lo que en su día fueron las distintas paratas del jardín, con una pequeña alberca en su parte más alta, elemento fundamental en todo Carmen granadino. Ubicado justo por debajo de la Torre de la Vela ocupa una parcela con gran desnivel que salva con múltiples tramos escalonados.

De regreso ya a casa definitivamente me sumerjo en la “vorágine” de gente y ruidos que invaden la Gran Vía y los alrededores del Zacatín para desembocar en la Plaza de las Pasiegas e intentar lo imposible: captar con una cámara normal toda la fachada y torre de la Catedral. La plaza es pequeña y el monumento está bastante cerrado por los edificios colindantes, la cercanía impide enmarcar todo el espacio, así que tengo que elegir entre dejar fuera parte de la torre o algo de la fachada.

Termino el recorrido por callejuelas, huyendo del trajín de las más importantes, tratando de aclimatarme de nuevo a los ruidos, prisas y tráfico del quehacer cotidiano de mi ciudad.