jueves, 13 de septiembre de 2012

Paseo por el Barranco de San Juan (Sierra Nevada - Granada)

La pequeña cascada a la que nos dirigimos.

El antiguo observatorio astronómico a contraluz.

Pequeño Jardín Botánico visitable por las mañanas.

Material de la estación de esquí en desuso.

Hitos demarcando propiedades.

Abundantes cardos ocupan buena parte de los prados.

Las pequeñas plantas proliferan. 

Surgencias a media loma.

Un metro cuadrado de prado "apresado"

Recordando a un amante de la sierra.

Colores y formas.

Mirando a través del agua.

Dejándome mojar.


Formas y sus sombras.
Alejándome un poco para captarla entera.

Verdes prados alimentados por los nacimientos recubren estas lomas.


El barranco de San Juan con el Veleta cerrándolo

Mi grata compañía de hoy.

Albergue Hoya de la Mora.




Fecha: 26-7-2012                                                                                                                                                                                          
                                   
PASEO POR EL BARRANCO DE SAN JUAN  (Sierra Nevada – Granada)

Estas últimas semanas, por diversas circunstancias, no he salido a mis excursiones semanales, por lo que la propuesta de mi mujer de subir a dar un paseo por la sierra lo he acogido con entusiasmo. Yo que soy asiduo de las sierras, noto una cierta insatisfacción cuando pasan algunas semanas sin salida. Creo que padezco cierta adicción que por otro lado no tengo ningún interés en curar.

Los granadinos tenemos la inmensa suerte de contar con una alta sierra a pocos kilómetros de la capital, por lo que cualquier rato es bueno para programar una subida, más cuando se trata, como hoy, de un simple paseo. En estos días calurosos de pleno julio el mero hecho de subir a la cota 2.500 m. ya ofrece una bajada de temperatura de más de diez grados; si a ello añadimos un placentero paseo sin apenas desnivel, relajado y por uno de los parajes que más contrastes de color ofrece la sierra, la tarde se convierte en perfecta.

A todo ello y no por mencionarlo en último lugar, es la menos importante, se suma que me acompaña mi mujer, proponiendo la idea y dejándome a mi la elección del lugar, completa una tarde sencillamente ideal.

Tras la propuesta no tardamos ni media hora en coger el coche y ponernos en camino. En principio tras el paseo habíamos pensado, ya de bajada, demorarnos en el cerro “Ahí de Cara” para disfrutar de la puesta de sol, pero no ha sido posible porque el día estaba neblinoso y no prometía espectáculo y por otro lado una llamada telefónica nos ha anunciado una visita familiar. La puesta de sol ha quedado pospuesta a cualquier otra tarde.

Hemos dejado el coche en los Albergues y hemos iniciado el paseo junto al “tercero” Hoya de la Mora, para justo en la curva por debajo de la caseta de control tomar un sendero que se dirige hacia el río rodeando por su cara norte el pequeño montículo donde se ubican las ruinas del observatorio astronómico, en su tiempo gestionado por la Universidad de Granada, más antiguo de esta sierra: Mojón de Trigo.

Es un sendero bien marcado, sin desnivel apenas, que se dirige hacia el propio río San Juan, allá donde se despeña en una pequeña cascada, visible desde la distancia. Esta cascadita está rodeada de amplios y verdes prados, generalmente ocupados por ganado tanto vacuno como lanar. Hoy sin embargo, estaban más hacia arriba y no hemos tenido que compartir el camino con ninguno de ellos, como es frecuente en estos parajes.

Es a la altura de la cascada y en sus alrededores donde los prados de intenso color verde, contrastando con los marrones de las piedras, a veces coloreados de manchas blancas o amarillos por los líquenes, donde nacen los distintos arroyuelos que van a engrosar el caudal principal que discurre por el centro del barranco.

El acercamiento apenas nos lleva algo más de media hora de andadura, siempre con el marcado y desafiante “pico” del Veleta arriba, dominando la cabecera del barranco, mostrando parte de su vertical tajo. El sendero pasa junto a unos grandes hitos de piedra cementada que no dejan de llamar la atención por su excepcionalidad en esta Sierra. Marcan los límites de la gran dehesa que se extiende y ocupa todo el barranco hasta el mismo vértice del Veleta.

Una vez llegados junto a la cascada del río, dejo a mi compañera aposentada en una plana piedra en medio de una amplia mancha verde, alimentada por el discurrir de distintos afloramientos de agua que hay en la zona. Yo me acerco hacia la misma base de la cascada para tomar algunas fotos y cuando me vuelvo la veo claramente contrastando su blusa blanca con el verde circundante, provocando un efecto evocador de otras ocasiones en que nuestras salidas montañeras eran más frecuentes.

Deambulo por la zona, movido por la curiosidad, buscando al pié de un pequeño tajillo, algo por debajo de la propia cascada y junto al río, un reflejo visualizado desde lejos en mi acercamiento. Descubro que lo que provocaba el reflejo intenso del sol desde prácticamente el inicio del camino es una placa metálica adosada a la roca en memoria del montañero fallecido el pasado año, arrastrado por un alud.

Conocía por la prensa el sitio donde se descubrió el cadáver meses después del incidente, pero la lectura de la placa “in situ” remueve sentimientos distintos y distantes, recordando siempre que la sierra se cobra a veces estos “peajes”, algo que de alguna forma todos sus visitantes debemos asumir esperanzados en no ser nosotros el próximo.

Mientras, mi mujer según me comenta después, además de seguir mis recorridos erráticos por la zona, disfruta de la paz del lugar, acunada por el rumor permanente de la cascada. Ruido que cuando, después de un rato, pasa a la retaguardia de la conciencia, quedando como acompañamiento tranquilizador, ayuda a crear esa sensación de bienestar que el agua, o los pájaros, suelen provocarnos cuando estamos en plena naturaleza.

Una vez tomadas las fotos de rigor y regresado junto a Ella, retomamos el camino de vuelta, con la misma falta de prisas que a la ida, disfrutando del colorido del paisaje, de los distintos pájaros que asustamos en nuestro caminar, la miriada de saltamontes que salpican la vereda o las coloridas mariposas que revolotean a nuestro alrededor.

A veces, olvido los grandes placeres que puede ofrecer una subida a la sierra sin el afán de largas caminatas, sin objetivos lejanos y penosos y que puede ofrecer un corto y relajado paseo por un barranco que tengo recorrido en todos los sentidos como medio para llegar a algún otro lugar. Hoy el relajado caminar y la compañía se ha convertido en el medio y el fin: no ha hecho falta nada más.  


Recordatorio: en nuestras salidas al campo sólo debemos dejar nuestras pisadas, todo lo demás: impresiones, fotos y residuos (orgánicos e inorgánicos), deben regresar con nosotros.