miércoles, 1 de febrero de 2012

Sierra de Andujar, buscando al lince (Jaen)

La mañana nos la ameniza este pequeño petirrojo buscando migas entre nuestros pies.
Por fin aparece el sol entre el ramaje para darnos algo de calor.
Río Jándula a orillas del que hemos estado apostados buenas y gélidas horas.
La escarcha acumulada durante la noche en las vallas del área.
Bosque adehesado apto para los ciervos por las praderas que contiene.
Bolos graníticos donde el lince ejerce sus actividades.
Cierva con su cría a las que obligamos a desplazarse.
Cormorán iniciando un amerizaje en el río.
El Santuario, a lo lejos, se deja ver desde casi cualquier rincón de la sierra.
Distribución típica de esta sierra alternando los bolos con la vegetación y pequeños prados.
Foto tomada desde la entrada al recinto del santuario.
Desde el mirador que rodea el santuraio se domina buena parte de la sierra.
Otra vista desde el mirador con Sierra Mágina al fondo entre brumas.
Área recreativa con grandes espacios abiertos bajo la protectora sombra de los pinos.
Buscando al esquivo felino que no quiso dejarse ver.
Por la tarde de nuevo en los márgenes del Jándula.
Ya de regreso nos paramos en un mirador junto a la estatua dedicada al peregrino.
La vuelta nos recompensa con una excelente puesta de sol.
El motivo de la salida por la sierra, foto bajada de internet.
Ya que no se ha dejado ver al natural, me he bajado estas dos fotos para que no os vayais frustrados.









Fecha: 8-1-2012  
M.I.D.E.:2,2,2,2
Duración: 4’5 horas (24.900p)
Desnivel en subida: 200 metros
Rangos de temperatura: de -1’5ºC a los 12ºC


Aunque veáis la cabecera típica de mis entradas serranas, la de hoy no es exactamente una salida para andar, al menos no solamente una salida para andar. Me explico: había hace ya días pululando por mi entorno familiar una propuesta para desplazarnos a una de las sierras de Jaén para intentar ver en su hábitat a uno de los depredadores más escasos de la península: el lince ibérico. La opción era atractiva por diversas razones, una el desplazarme a un lugar que no conocía; otro participar en una actividad que para mí era novedosa, e incluso una tercera, lo llamativo del animal que intentábamos ver.

Lo que en principio parecía contener todos los incentivos necesarios para hacer muy interesante la visita, por lo menos amena e innovadora, al final de la jornada me ha dejado un cierto sinsabor por no haber podido cumplir el objetivo más atractivo de la jornada que sería el avistamiento del felino. Pero vayamos por partes y no adelantemos conclusiones.

Hace días que estaba previsto el desplazamiento,  por parte de mi hijo junto con un amigo conocedor de la zona y relacionado laboralmente con estos felinos, hasta la sierra de Andújar por ser uno de los pocos enclaves con ejemplares de toda España, junto con Doñana. Por diferentes causas se fue aplazando hasta que hoy, domingo, decidieron ejecutarla. Yo, oportunista incondicional para estos menesteres, no tardé en apuntarme para lo que nos hemos tenido que desplazar hasta cerca del Santuario Virgen de la Cabeza en plena sierra de Andújar.

Como estos avistamientos obligan a madrugar, ya que estos felinos suelen acercarse a beber o bien por la mañana temprano o al atardecer, es junto a la ribera de los rios o arroyos que atraviesan sus territorios de caza cuando es más factible que sean avistados y dado que el desplazamiento previo era de unos 190 kilómetros, pues hoy ha habido "diana" a la hora cuartelera. Hemos madrugado para al menos tener dos oportunidades de posibles avistamientos, uno por la mañana y el otro por la tarde para intentar rentabilizar al máximo la salida; así que nos hemos puesto en pié poco después de las cuatro de la mañana para iniciar el trayecto alrededor de las cinco. Dos horas de coche hasta llegar al punto convenido alrededor de la siete de la mañana. El horario lo hemos cumplido a rajatabla y a las siete quince estábamos apostados en el lugar seleccionado por entender que era propicio para el posible avistamiento.

A esa temprana hora hacía bastante frío -1’5ºC. Imaginaros a cuatro individuos en plena noche con esa temperatura, ilusionados esperando que apenas la primera claridad lo permitiera escrutando con ocho ojos, más los adicionales de los prismáticos, todos en busca de señales del esquivo felino. Así hasta las nueve de la mañana, tiempo durante el que no hemos conseguido ver ningún lince, sí escuchar el canto de los cárabos, la berrea de algún macho de ciervo algo retrasado en sus lides amatorias y algunos patos, cormoranes y congéneres cruzando nuestro espacio aéreo rumbo a sus destinos, pero sin noticias del lince. Para sustituirlo ha aparecido, todavía casi de noche, un pequeño petirrojo, que acostumbrado a las locuras mañaneras de los humanos, con llamativa tranquilidad deambulaba por entre nuestras botas en una concienzuda búsqueda a nuestros pies de posibles migas caídas de los bocadillos.

Cuando estábamos helados hasta los huesos y a mí personalmente hasta me dolían los pies a causa del frío, hemos optado, tras decisión unánime, por cambiar de observatorio para ver si la suerte nos era más favorable. Tras un corto desplazamiento, otra hora de improductiva espera en un nuevo emplazamiento (observatorio “los Lastrones”) en la misma orilla del río Jándula, con la pérdida subsiguiente de temperatura, esta vez aderezada por la humedad reinante y sobre un terreno blanquecino, fuertemente escarchado. A las diez decidimos dar por finalizada la experiencia matutina y reponer lo gastado por la larga espera soportando el frío de la madrugada ayudando al sol con el merecido desayuno.

Escogemos un claro soleado para tomar una necesaria ingesta de calorías y decidimos hacer un recorrido caminando por la sierra que nos ocupe gran parte del día hasta llegar la tarde en que intentaremos de nuevo visualizar al escurridizo lince. Esta sierra englobada antiguamente en el genérico apelativo de “Morena” está formada casi en su totalidad por fincas privadas valladas dedicadas a la caza, por lo que el único itinerario posible es el que atraviesa una finca de propiedad estatal y que nos va a llevar hasta la Basílica y Real Santuario de la Santísima Virgen de la Cabeza.

 Comienzan las obras por el año 1.287 y se demorarán hasta el año 1.304, posteriormente sufrió una gran reforma a finales del siglo XVI. Según cuenta la leyenda, fue construído a petición de la propia Virgen encontrada en el lugar por un pastor originario de Colomera (Granada) y tras la milagrosa curación de una parálisis parcial que padecía.

Tras sufrir una destrucción prácticamente total durante la guerra civil del pasado siglo en que también se pierde la imagen, se reconstruye haciéndose cargo de su custodia y mantenimiento la orden de los Trinitarios, recibiendo durante el siglo XX diferentes bulas y nombramientos por parte de diversos papas. Hasta él sube una romería todos los años, desde la primera mitad del siglo XIII, el último domingo del mes de abril, estando considerada como la más antigua de España.

Partiendo de la ribera del río Jándula, lugar de nuestros intentos de avistamientos, nos acercamos a la entrada de la parcela por el que discurre buena parte del sendero a recorrer. Tras entrar en la finca a través de un portalón metálico que cerramos de nuevo una vez traspasado, iniciamos una subida por una empinada ladera que nos enseña lo que en toda esta sierra van a ser sus dos características principales: por un lado pinos de diversas especies de repoblación con abundantes claros de prados alternando con encinas y algún alcornoque y zonas rocosas con abundantes “bolos graníticos” (roca compuesta por feldespato, mica y cuarzo, el proceso erosivo termina convirtiendo el feldespato y la mica en arcillas y el cuarzo en granos de arena, en un estado intermedio se producen estos “bolos” redondeados de diferentes tamaños conocidos también como “piedras caballeras”), lugar ideal para el desenvolvimiento del lince, ya que le permite acechar a los conejos escondido entre ellos hasta, ya suficientemente cerca de su presa, saltar e intentar hacerse con ella o esconderse en las múltiples oquedades que forman.

A medio camino de subida de este recorrido de unos siete kilómetros y medio atravesamos una pista de tierra y nos acercamos a la única fuente divisada en el camino. Situada bajo un montón de “bolos” coronado por una estatua dedicada al jabalí, en la que tras saciar nuestra sed provocada en parte por lo andado y en parte por la ingesta de hace un par de horas nos deja preparados para acometer la segunda mitad del sendero.

Tras otro buen rato de suave ascenso avistamos, tras un recodo, el santuario ya muy cerca en lo alto de un cerro (Cerro del Cabezo). Junto al santuario, ocupando sus alrededores se han levantado multitud de viviendas propiedad de las distintas cofradías o casas de reunión de los romeros asistentes con los nombres de los pueblos de la provincia que participan en la multitudinaria romería que hasta allí se encamina en la primavera.

Una vez visitada la iglesia y unas galerías laterales nos asomamos a un mirador que la circunda y desde el que se domina gran parte de esta sierra. A lo lejos divisamos Sierra Mágina y nuestra vista no alcanza a Sierra Nevada porque la calima lo impide. Hacemos las fotos de rigor y decidimos iniciar el regreso. El ser un recorrido lineal nos obliga a desandar lo andado, ahora bajo un sol que ha elevado la temperatura hasta los 17ºC por lo que ya en manga corta disfrutamos del trayecto, más si cabe, teniendo en cuenta que ahora todo él es en bajada. La humedad no falta en estas laderas por lo que cualquier claro no ocupado por arboleda o las abundantes piedras verdea con fresca yerba, alimento de los conejos, presa  habitual a su vez de los linces.

Una vez llegados de nuevo junto al río, donde tenemos aparcados los coches, cogemos las provisiones y buscamos un tranquilo y soleado lugar junto a la orilla para disfrutar de la comida en amena charla sacando a colación las incidencias de la jornada, destacando lo normal de la situación. Es frecuente tener que hacer varias visitas para conseguir avistar al lince, por lo que nos lo tomamos con resignación y tendremos que confiar en que si esta tarde la suerte no nos acompaña, la tengamos de cara en alguna posterior ocasión.

Una vez terminada con tranquilidad la comida y guardadas las sobras y los desperdicios de nuevo en los coches, buscamos un nuevo “apostadero” para intentar, si la suerte nos sonría, ver lo que esta mañana no conseguimos. Tras otra hora y media de atenta observación, entretenida con las maniobras pescadoras de un colorido martín pescador común (Alcedo atthis) y el vuelo rasante de diferentes aves, decidimos nosotros, alegando las dos horas de recorrido que nos separan de Granada, “plegar alas” y abandonar la empresa por hoy. Nuestros acompañantes deciden que van a permanecer un rato todavía tentando la suerte, ya que su desplazamiento es bastante menor que el nuestro.

 Ya de regreso nos hemos parado a medio camino de Andujar en el “Mirador del Peregrino” adornado en sus inmediaciones con una estatua alusiva y desde el que dominamos gran parte del valle del río Jándula con el Santuario al fondo en alto y toda la masa verde vegetal a nuestros pies. Iluminados los bosques con los últimos rayos del sol formaban una estampa que ha llenado nuestras retinas para el recuerdo.

A pesar de no haber cumplido el objetivo más interesante, la visita no me ha desfraudado en absoluto porque el madrugón para el desplazamiento y el frío sufrido durante la mañana se ha visto compensado por las audiciones del cárabo, el chapoteo de las carpas en el río, la tardía berrea de los ciervos machos a la vez que hemos divisado una pareja de águilas en majestuoso vuelo, varias especies de patos y otras aves acuáticas, las maniobras alimentarias de un martín pescador, algunos ciervos, multitud de urracas y rabilargos, un felino gordo, peludo y cabezón en el Santuario (lo más parecido al lince esquivo de hoy), a la vez que he visitado una sierra nueva por la que he recorrido un sendero distinto apreciando el hábitat ideal del Lince Ibérico y un Santuario que en cierta época del año llega a congregar muchos miles de personas.



Recordatorio: en nuestras salidas al campo sólo debemos dejar nuestras pisadas, todo lo demás: impresiones, fotos y residuos (orgánicos e inorgánicos), deben regresar con nosotros.