miércoles, 14 de septiembre de 2011

Museo Etnológico "Fuente Alta" (Sierra Nevada - Granada)

Vista general del espacio que ocupa el Museo. 

En algunas zonas se están reintroduciendo especies en riesgo de desaparición.

Se han dedicado varias parcelas a la siembra de cereal.

Las construcciones aprovechan los materiales locales. Emplean varios formatos para las ventanas.

Detalle decorativo en el tragaluz superior.

Los tejados se recubren con plantas de la zona en haces que las hacen impermeables y aislantes.

Junto a la vivienda se han situado el fuego y el horno.

Se ha instalado también un alambique para la destilación de esencias de las abundantes plantas aromáticas.

Densa vegetación en una charca.

El cereal a punto de siega.

Se ofrece la posibilidad de recorrer el espacio a caballo.

Vistas desde el mueso del barranco del Monachil. 

Pasarela construida sobre la zona húmeda del museo




MUSEO ETNOLÓGICO  -  FUENTE ALTA

En la carretera de Sierra Nevada, por el tramo que sube hasta los albergues, una vez dejada la entrada a Pradollano a la izquierda, nos encontramos una entrada al C.A.R. a la derecha y a la izquierda vemos un cartel que nos anuncia el acceso al museo etnológico de  “Fuente Alta”.

Ubicado en un antiguo cortijo, recuperado no hace mucho, acoge actualmente un museo etnográfico. Este tipo de museo cada vez más frecuente a lo largo de nuestra geografía tiene como objeto el dar a conocer el estilo de vida y sus condiciones, en las que se desarrollaba la vida de algún tipo de comunidad, o como es en este caso, de la vida de los pobladores de los cortijos ubicados en Sierra Nevada. Para ello se recrean las condiciones de vida más similares a las desarrolladas en el tiempo que se recrea, reconstruyendo los edificios con técnicas y materiales similares a los originales y mostrando en su interior utensilios tanto personales como laborales también de la época a documentar.

Éste concretamente situado en la ladera sur  de una larga loma (Loma de la Paja) se asienta en un terreno aterrazado a unos 2.100 metros de altitud, tenía que soportar un invierno largo y muy frío, generalmente cubierto por la nieve durante largos meses a lo largo del año, obligaba, generalmente, a abandonarlos durante los meses duros para reintegrarse de nuevo a ellos en la primavera tardía cuando la nieve empezaba a fundir y permitía resurgir los pastos alimento de los ganados, principal fuente de ingresos de los cortijeros.

Generalmente habitados por pastores que ejercían la trashumancia, ya que los ritmos los marcaban los rebaños, obligando a los propietarios durante el invierno a buscar sitios más bajos donde alimentar a su ganado. En la década de los sesenta, cuando éste tipo de vida era seguido por más pastores que hoy, me hablaban algunos de migrar a tierra almerienses, generalmente a la parte alpujarreña de esa provincia.

La actividad económica fundamental era el pastoreo. Pero eso no eliminaba que aprovecharan el escaso espacio hábil junto a los cortijos si el terreno se lo permitía para sembrar patatas, hortalizas y algo de cereal, para lo que era indispensable una fuente de agua cercana. Generalmente todos los cortijos están ubicados en las cercanías de manantiales o en su defecto se hacían traer el agua de barrancos próximos donde el caudal de agua fuera permanente durante la mayor parte del estío y otoño, mediante acequias, algunas de ellas con kilómetros de longitud.

Fuente Alta tiene un nacimiento de agua propia y está ubicado en una zona de repoblación de pinos de los años cincuenta. El perímetro actual es bastante amplio, lo que ha permitido destinar una parcela donde se sigue cultivando cereal, una zona húmeda y posibilidad para dedicar alguna otra zona para el cultivo de las hortalizas. Posee varias construcciones, unas dedicadas a vivienda donde está ubicado el museo y otras habilitadas como cuadras. Los animales de carga y trabajo eran imprescindibles en el mundo rural.

Generalmente contaban también con una era donde trillar, ubicada generalmente al borde de una ladera para aprovechar los vientos reinantes al objeto de facilitar el proceso de “aventar” la mies una vez finalizada la trilla. Todos estos procesos se hacían de forma artesanal dado que la escasa maquinaria existente en aquellos años no era útil en espacios pequeños y en pendiente como los que estamos hablando.

En este caso han recuperado un “alambique” industrial que se usaba para la destilación de esencias de plantas aromáticas, frecuentes en la zona: tomillo, alhucema, etc., para lo que eran imprescindibles dos elementos: el agua por un lado y materia combustible para alimentar la caldera por otro. En el proceso se extraían los aceites aromáticos que las plantas usan para minimizar las pérdidas de agua debidas a la fuerte insolación que sufren durante los veranos, bastante severas debido a las altas cotas en que se encuentran.

Si alguno de vosotros visita este museo, no debe creer que representa el prototipo de los cortijos serranos. La inmensa mayoría de los mismos eran bastante más pequeños, tanto en extensión como en dependencias y éstas a su vez eran bastante más precarias que las que aquí se nos muestran. No podemos entender el cortijo de Sierra Nevada, y mucho menos a estas cotas como una residencia confortable sino más como un refugio para cobijarse durante las noches con apriscos, generalmente espacios  delimitados por un simple muro de piedras recogidas en el propio lugar, con un acceso reducido que servía para contabilizar el ganado conforme hacía su entrada.

Así mismo tanto las pertenencias personales como las de cocina eran las imprescindibles para subsistir. Yo conocí un pastor que “habitaba” un refugio de Sierra Nevada en los años sesenta a una altura de 2.300 metros que procedía de Almería y que todas las pertenencias necesarias para permanecer en la Sierra durante cuatro meses las transportaba en los serones de una mula.

Por otro lado las dietas eran bastante deficientes y monótonas basándose en los productos derivados de la leche y carne cuando mataban un cordero. Por supuesto las infusiones generalmente recogidas en la propia sierra las tomaban sin azúcar y el pan subido periódicamente (semanal) de la población más cercana, por lo que habitualmente sólo lo comían “tierno” los dos primeros días. Aprovechaban las bajadas a los pueblos para aprovisionarse de las materias que necesitaban, generalmente mediante el ”trueque”  con sus quesos.


Estas limitaciones les obligaban a aprovechar todos los recursos de los lugares en que se asentaban. Así eran verdaderos artesanos del esparto, del que fabricaban multitud de utensilios y reconocían multitud de plantas y sus propiedades, tanto las medicinales como las venenosas, tanto para ellos como para su ganado, conocimientos que hemos perdido casi en su totalidad los habitantes urbanos.

El recinto del museo cuenta también con la posibilidad de pasear a caballo haciendo una ruta por el entorno, actividad que a los pequeños generalmente les hace gran ilusión. Por otro lado se ha habilitado un trayecto específico para bicicletas de montaña de unos ocho kilómetros de recorrido, que circula por entre los densos pinares que rodean el museo, lo que hace que a la vez que conozcamos un poco la vegetación de la zona, vayamos casi en todo su recorrido ensombrados, cosa que es de agradecer.

En definitiva un lugar  donde echar una jornada en familia disfrutando de unos paisajes inmejorables a la vez que podemos aprender-enseñar algunos costumbres ya en desuso a los más jóvenes y con posibilidades de hacer algo de deporte o iniciarse en el mundo de los caballos a través de un agradable paseo por los alrededores.             .

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