miércoles, 28 de mayo de 2014

Subbéticas III: Poljes de la Nava, Fonseca y Navazuelo (Cabra, Zuheros - Córdoba)

Las torretas de telecomunicaciones son lo mas visible del Pico de la Nava.

Abrevadero junto al Cortijo de la Cruz de Priego o Nuevo.

Desde el aparcamiento del coche, mi primer vistazo a la depresión (Polje de la Nava).

Afloramientos rocosas que han resistido al desgaste de la erosión.

Primeros pasos del río Bailón junto a la pista por la que camino.

Mirando hacia atrás desde el polje de la Nava.

Los diferentes cauces que recorre el agua en busca de salida se pueblan de florecillas.

Ejemplares de quejigos aislados. Gigantes que ocupan mucho espacio.

En medio de la pradera elaboran sus telas tomando como prisioneras hasta las flores.

Las ruidosas ranas ocupaban todas los encharcamientos y se dejaban oir.

Las flores, en sus distintas tonalidades, pululan por doquier.

El arroyo, una vez alcanzado el polje se remansa en busca del río Bailón.

Primera cascada de unos diez metros en el arroyo Fonseca.

La humedad y la umbría producen este sotobosque de musgos y líquenes.

Segunda cascada por la que se desploma el arroyo.

Majestuosa belleza en alguno de los tramos del arroyo.

Uno de los nacimientos del arroyo Fonseca que hoy he remontado hasta el polje del Navazuelo. 

Tríada de gran porte aislados en el Navazuelo,

Pequeña construcción que corona la cantera del Navazuelo.

Algunas laderas del Navazuelo son ejemplos de bosques umbrófilos en los que las encinas o el quejigo aparecen con grandes volúmenes.

Cantera en uno de  los laterales del polje.

Este cortijo debía cobijar numerosos rebaños, sus inmensos rediles así lo atestiguan.

Cauce del arroyo Fonseca.

Antes de abandonar  la depresión intento abarcarla al completo.

Una de las canteras de la que se extraía el conocido mármol rojo de Cabra.

Centro de visitantes Santa Rita.


Fecha:9-4-2014                                                            Aparcamiento                           8'15h.
M.I.D.E.:2,2,2,2                                                             Chorreras                               10’00h
Duración: 6h. (Lineal)                                                  Receso                         11'45h-12’15h           
Desnivel en subida: 100 metros                                  Aparcamiento                         14’15
Rangos de temperatura: de 13’5ºC a los 23ºC    
                                                                                 


                                                          

Hoy he salido con el firme propósito de convertir el camino en meta, por lo que los tiempos han perdido toda su importancia, ya que me voy a centrar en recorrer un paraje que ya hace unas semanas me encantó cuando lo atravesé. Ese día queríamos hacer el recorrido entero hasta Zuheros y eso me impidió saborear suficientemente y con calma estos entornos.

Para llegar tengo que recorrer cien kilómetros, para una vez en la carretera A-339 y una vez pasado Priego, en el punto kilométrico 7,100, junto al mesón “Los Pelaos” ascender por una sinuosa carretera que remonta hasta la Ermita Nuestra Señora de la Sierra, para ya bien arriba, dejar el coche e iniciar a andar.

Estoy en el término municipal de Cabra y voy a recorrer buena parte del Polje de la Nava de Cabra. Es una gran depresión llana, rodeada de montañas, un extenso valle cerrado donde las aguas se infiltran en el terreno, sin tener una clara salida al exterior. Al irse acumulando en el transcurso de milenios las aguas de los alrededores, a la vez que disolvían las rocas del suelo iban depositando finas arcillas arrastradas con lo que acababan impermeabilizándolo. El resultado en un amplio encharcamiento, prácticamente libre de ejemplares arbustivos, que se ha convertido en una zona de pasto excelente para el ganado.

Nada mas bajarme del coche me da la bienvenida insistentemente un cuco, que no satisfecho con su reiterado saludo sonoro, me sigue curioso para enterarse de a donde voy, para abandonarme cuando considera que estoy suficientemente lejos de su territorio. No faltan los recibimientos sonoros en mi avance. Al pasar junto a un cortijo ganadero, todo un rebaño de ovejas, imagino que confundiéndome con su pastor,  inician un cansino balar de forma insistente y lastimera que casi me es imposible desfradar. Pero no iba a ser yo el que le abriera la puerta del redil.

Cuando los balidos pierden presencia por la distancia, comienzo a apreciar otros sonidos. Los arrullos de las palomas, la triple llamada de la abubilla, algún lejano canto del autillo o algún mochuelo, para algo más adelante coger el relevo el impetuoso croar de las ranas, cuando me acerco a alguna de las charcas. Definitivamente ha estallado la primavera.

El aleteo vigoroso de algún ánade que encuentra inoportuna mi intromisión, para tras levantar vuelo y dar un par de amplias vueltas volver a posarse prácticamente en el mismo sitio en que estaba, y abundancia de trinos mucho más elaborados de multitud de pequeños pájaros que sin llegar a identificar, me limito a escuchar.

La primera parte del recorrido, se hace por pista de tierra, donde hay que atravesar varias cancelas ganaderas, que cuido de cerrar a mis espaldas, una vez traspasadas; me estoy moviendo entre terrenos que pertenecen a fincas privadas. El carril está delimitado a ambos lados por vallas metálicas atravesando buena parte de la Nava totalmente encharcada y que con los primeros rayos de sol incidiendo de forma muy oblicua arranca a los prados múltiples tonalidades.

Cuando el carril atraviesa el rio Bailón, se desvía el sendero para recorriendo los amplios y húmedos prados, apenas señalizado por unas rodadas hasta alcanzar un poste indicador: por un lado Zuheros (recorrido que ya hicimos hace unas semanas); por el otro las Chorreras. Realmente es a partir de aquí donde empieza el recorrido imaginado para hoy. Remontar todo el arroyo de la Fonseca hasta donde pueda e incluso alcanzar su nacimiento.

No he encontrado información al respecto, sólo he contemplado algunas fotografías en internet de unas sugerentes cascadas que llamaron mi atención.

Tras los primeros doscientos metros ya avistados anteriormente, llego a la primera cascada. Es una caída de unos diez metros que hay que superar soslayándola por uno de sus lados. A partir de aquí se alternan los pequeños rápidos que forma la corriente cuando se desliza por zonas rocosas, con los tramos más lentos, en que con fondo terroso forma charcas y algún meandro. Más arriba todavía me encontraré otra cascada de dimensiones similares a la primera.

Es un recorrido de alrededor de una hora en que hay que ir cruzando el cauce frecuentemente. Encajonado en todo momento por unos laterales algo escarpados ocupados por encinas casi en exclusividad. El agradable rumor del agua lo empaña la abundancia de mosquitos que pugnan por ocupar mis orificios. Los continuos manotazos al aire por delante de mi cara no me libra de que alguno consiga su objetivo logrando introducirse en la nariz, una oreja e incluso, y bastante más molesto, los ojos. A pesar de su insistencia no consiguen alterar mi excelente estado de ánimo.

Tras la hora de recorrido en que voy ganando altura de forma muy suave alcanzo de nuevo otro polje, que no es tan extenso como el anterior ni tan llano (Polje del Navazuelo). Este se extiende entre dos laderas enfrentadas que le aportan un suave desnivel. Al final se asoma el cortijo que comparte nombre con el polje y al que no he llegado porque una valla  me obligaba a dar un rodeo excesivo.

Junto a la valla descubro uno de los nacimiento del arroyo, en un sacavón del terreno mana el agua al encontrar por debajo material impermeable. El otro ramal que alimenta al arroyo avanza algo más sobre la llanura del polje introduciéndose, por debajo de la valla metálica hasta los extensos prados que ocupan buena parte de la depresión.

Me he encaramado a una de las laderas, la izquierda en mi sentido de marcha, para descubrir una antigua cantera, actualmente abandonada. No será la única que visitaré hoy. Pero esta me ha llamado la atención por la ubicación tan interior que ocupa lo que dificultaría sobremanera sacar el material. Allí mismo permanecen grandes bloque de piedra, perfectamente cortados y con alguna de sus caras totalmente pulidas.  

Por encima del corte de la cantera me encuentro una pequeña construcción de piedras, algunas de tamaño y peso sorprendente, con cabida para una sola persona, que aparentemente tuvo mayor capacidad, ya que aparecen dos columnas tumbadas, una de ellas partida, a la entrada que me han dado la impresión de que sirvieron de soporte para alguna losa más de techumbre, ampliando en su día el espacio interior. Observando el terreno circundante desde la atalaya que me ofrece la propia cantera descubro un cortijo abandonado en medio del bosque de encinas.

Hacia él me he dirigido. Siempre he sentido gran atracción por estas construcciones antiguas, hoy en su mayoría abandonadas, que sirvieron de refugio o vivienda a los habitantes de estas sierras. Me ha costado algo encontrarlo, protegido por el denso bosque junto con el abandono de décadas han hecho que los senderos se pierdan y tenga que intuir el camino de acercamiento. Al final doy con él, gracias a unos gigantescos ejemplares de quejigos que  ensombran sus alrededores.

Fue un magnífico cortijo, por extensión y construcción. En su día tuvo dos niveles con numerosas y amplias estancias, horno con acceso desde el interior y amplios rediles en sus cercanías, con muros de piedra levantados aprovechando las irregularidades del terreno en que afloran las afiladas rocas. Lo que no he conseguido descubrir ha sido la toma de agua, que seguro que tuvo en su día, ya que aparecen pilones en la entrada.

Decido volver junto al arroyo Fonseca para, bajo la sombra de las encinas, tomarme el bocadillo a la vez que disfruto del frescor que aporta la corriente y arropado por el agradable rumor del arroyo. Estoy encantado con el lugar lo que me hace demorarme un buen rato, hasta que los mosquitos y unas gigantescas hormigas rojas, tras dar con mi paradero, me retan en singular combate, batalla que apenas tiene historia ya que acaban ganando rápidamente sin gran desgaste por su parte.

Aunque intuyo la posibilidad de regreso rodeando el cortijo del Navazuelo para hacer un recorrido circular (en una visita posterior acompañado de mi hijo Carlos hicimos ese recorrido de regreso), opto debido sobre todo a su belleza, a regresar sobre mis pasos y redisfrutar del recorrido. Intento caminar por el límite del bosque porque el calor al mediodía es ya intenso. Durante mi regreso llama mi atención unas sombras en movimiento que me hacen levantar la vista hacia el cielo, donde diviso una decena de buitres sobrevolándome.

Su insistencia en volar en círculos sobre mi posición me hace consciente del buen festín que se darían con ochenta kilos de comida, pero me parece que van a tener que buscar más -intensa y extensamente-, ya que yo no estoy dispuesto a ser ecologista hasta ese punto. Al final, en vista de que el posible alimento no se detiene, deciden seguir su búsqueda y desaparecen por el horizonte.

Ya de nuevo en el coche, antes de llegar a Priego, me detengo unos minutos en el centro de interpretación de Santa Rita, donde consigo alguna documentación adicional tras amena charla con tres de los agentes que tienen allí su punto de encuentro. El personal que atiende la oficina informativa, habían abandonado ya el local por estar fuera de horario laboral.



Recordatorio: en nuestras salidas al campo sólo debemos dejar nuestras pisadas, todo lo demás: impresiones, fotos y residuos (orgánicos e inorgánicos), deben regresar con nosotros.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Sensaciones (Granada)

En mi empeño por aportar racionalidad a situaciones y sentimientos, hoy me he desplazado hasta el cementerio de Granada, para tratar de conjurar las creencias enquistadas con respecto a ciertos lugares y situaciones. 

Aprovechando que mi mujer ha tenido que ausentarse de Granada para atender obligaciones parentales, yo me “escapo” para hacer algunas visitas que tenía en mente y habían sido sistemáticamente relegadas por no encontrar nunca el momento oportuno. Los  motivos ademas de la curiosidad, la empecinada tozudez por encontrar explicaciones y también porqué no, el intentar captar aquellas imágenes que me parecieran atractivas.

Siempre había sentido curiosidad por visitar el cementerio de San José, al que sólo me han llevado sepelios de familiares o allegados. Quería verlo sin el condicionante emocional de una reciente pérdida. Han pasado suficientes años de la muerte de mis padres como para parecerme adecuado hacer la visita, alejado del sentimiento de pérdida que nos invade en las visitas obligadas.

Hoy me he paseado por los distintos “patios”, he contemplado multitud de eternos descansos, diferentes monumentos desde los más grandes y majestuosos hasta los más antiguos o sencillos, algunos muy cuidados otros mostrando la evidente falta de asistencias y los innumerables y pequeños nichos alineados en interminables filas, cual apilamiento de cajitas estancas con portadas de mármoles de diversos colores o la simple capa de yeso, un nombre grabado y una fecha a la espera de las decisiones familiares.

Aunque no es un lugar que me repela personalmente (no he sentido en ningún momento ese rechazo que personas más sensitivas afirman percibir en estos lugares), tampoco he notado ese alabado sentimiento de paz y tranquilidad. Quizás en todas estas sensaciones tengan mucho que decir los planteamientos personales elaborados y asumidos sobre la vida, la muerte, los miedos y los tabúes. He dedicado alrededor de dos horas a pasearme entre sus túmulos, pasillos, jardines y he leído algunas leyendas, las menos, distintas de la tradicional: no te olvidamos.                                      

Soy consciente de que hay muchas cosas inalcanzables para mí, pero rechazo por principio lo imposible porque somos nosotros los principales artífices de "los imposibles". Si creo que algo es imposible, lo haré imposible y trataré siempre de que éstos sean los menos posibles.

Hay visitas que se hacen por pura curiosidad, en otras el motivo principal es querer llegar a conclusiones, o reafirmar las que poseemos. En ambos casos un paseo relajado por espacios no habituales ayuda.

La alegoría del cauce escalonado del agua para no llegar a ninguna parte, o para reiniciar de nuevo la bajada es recurrente a través de la literatura: eterno fluir. 

Los símbolos tan importantes en nuestra cultura. Esas figuras aladas protectoras que de alguna forma todas las culturas tienen.

Una mano mostrando una absoluta relajación, ¿esperando recibir?
Ya junto a la entrada del cementerio la larga hilera de cipreses indicando quizás un camino. Detalle que me pasó desapercibido a la entrada, ansioso quizás por entrar.


Los bosques de la Alhambra, despertados por la temprana primavera y la abundante agua de riego, en plena efervescencia

Una vez cumplida la visita, objeto principal de mi salida, he aprovechado, para ya bajando, acercarme hasta la Casa de las Mimbres, ubicada algo por debajo del edificio de taquillas del Alhambra, en la parte superior de la Cuesta de los Chinos. Antiguas viviendas que han permanecido décadas en pleno olvido y que últimamente han sido rehabilitadas y convertidas en museo-taller. Actualmente acogen una exposición temporal: "Innovando la tradición".

Englobado en el proyecto REDALH coliderado por el Patronato de la Alhambra y la Dirección Regional de Cultura de la Región de Tánger-Tetuán, con el objetivo de recuperar, mediante talleres de formación técnica para profesionales de la restauración, todo el patrimonio artesanal que compartimos a ambas orillas del mediterráneo. Allí se habla de técnicas para el trabajo de la madera, yeso y alicatado, los tres materiales más usados en el embellecimiento y decoración de los monumentos en el mundo islámico.

Prosigo mi descenso por la Cuesta de los Chinos, sobre la que he oído hablar que se está elaborando algún proyecto de restauración para remozarla haciéndola más atractiva, ya que cada vez es una opción más usada como acceso hasta la Alhambra.

El sobrante que a través de la muralla y en ruidosa cascada, abandona los recintos ajardinados del monumento,

Recrearme con los distintos arroyos que me acompañan en la bajada

apreciar la simplicidad y austeridad exterior de las ricas torres defensivas que jalonan todo el paño de muralla que cierra el recinto por esta cara este, hasta avistar, encajonado entre las dos escarpaduras de la colina, un retazo de casas blancas con la iglesia de San Nicolás y algunas pinceladas verdes vegetal del Albaicín.

Termina la cuesta junto al río Darro y me adentro a través del Paseo de los Tristes en la ciudad, pero antes he leído una placa anclada a la pared,conteniendo unos versos de Federico García Lorca:

"Quiero bajar al pozo,
quiero subir los muros de Granada,
para mirar el corazón pasado
por el punzón oscuro de las aguas".


Una vez cruzado el río me acerco hasta la fachada del museo Arqueológico que sigue “eternamente” cerrado por obras de las que no se aprecia que siquiera hayan empezado después de cuatro años, aunque últimamente hay esperanza de movimiento. Me demoro junto a la iglesia de San Pedro. A la vez que paseo, deslizo la mirada por las estrechas calles que ascienden, a mi derecha, escalando altura por el barrio.

Decido entrar en el Bañuelo, edificio que tras discreta y pequeña fachada esconde uno de los lugares emblemáticos del paseo, frente a la puerta del Cadí y a la vera del río Darro.

La sala principal con arcos de herradura en tres de sus lados, soportados por un conjunto de columnas adornados con capiteles romanos, visigodos y califales en armoniosa mezcolanza.

Tras atravesar el patio de entrada con su pequeño estanque cuadrangular se accede a las estancias propias de los baños que dejan filtrar la luz exterior a través de las llamativas claraboyas con formas octogonales o estrelladas.

La luz que penetra por las claraboyas ayudan a integrar hasta los elementos ajenos a  la construcción.

Prosigo mi deambular por la Carrera hasta hacer un alto 

penetrando en el Centro de Documentación Musical de Andalucía. Ocupa una de las casas de esta calle distribuida alrededor del típico patio con fuente y cubierta traslúcida para evitar la entrada de lluvia y dos alturas.

En completo silencio me he paseado por ella recorriendo sus dos pisos y escuchando sólo las tenues conversaciones en algunas de sus estancias interiores, echando en falta una música de fondo haciendo honor a su contenido. La nota verde la aportan las macetas de pilistras, tan espectaculares en su simpleza.

Sigo en mi lento deambular paseo abajo hasta acercarme a otro enclave llamativo que suele pasar muy desapercibido

hoy, dejándome arrastrar por aquello que me produce curiosidad, reclama de nuevo mi atención el Hotel Museo Mariana Pineda, casa de la heroína hoy reconvertido.

A destacar un magnífico pilar que ocupa un lateral del patio, atribuido a Diego de Siloé. Está decorado el patio con las típicas macetas aportando el toque vegetal, que tan bien se desarrolla en estos patios interiores donde el sol no tiene cabida, la temperatura se mantiene bastante constante y la altura de los diferentes niveles sólo permite la entrada de luz indirecta

Aupado a media altura, ocupando una esquina del patio, esta pequeña terraza. Como un balcón que permite gozar del espacio interior, arrullado por una cantarina fuente y el verde de las macetas.


He agotado la mañana de forma sosegada en un transcurrir por espacios distintos y distantes, dejándome aconsejar por la curiosidad, apreciando cómo se deslizaban diversos sentimientos a los que generalmente no dejamos aflorar en una jornada habitual de trajín por la ciudad.

Es hora de regresar.

Granada, 2 de abril de 2014