miércoles, 27 de abril de 2011

Trincheras en Sierra de Huetor II


A primera hora las nubes, perezosas, dormitaban sobre los valles.
El autor, a primera hora, con todos los ánimos intactos.
La colorida vegetación acupa todo el espacio.
Trincheras del "Llano del Fraile" enfrentadas al Peñón de la Mata.
Detalle de una de las trincheras.
Vista de una de las trincheras con la abertura para los fusiles.
Ya en el Maullo las trincheras rodean todo el cono cuperior del cerro.

Pasadizos, escalones y defensas.

Desde el Maullo se domina todo el valle del río Darro así como el pueblo de Huetor Santillán.
                         

Fecha: 26-4-2011
M.I.D.E.:2,2,2,3
Duración: 6h30’ (29.900p.)
Desnivel en subida: 700 metros
Rangos de temperatura: de 8ºC a 19ºC

En anteriores salidas he visitado el Peñón de la Mata, las trincheras de la “Sierra de la Yedra” y las denominadas “Las Veguillas”, ahora quedan por visitar otros dos conjuntos de trincheras ubicados también en la Sierra de Huetor: las ubicadas en “Llanos del Fraile” y las del “Cerro Maullo”, con lo que termino el recorrido de las trincheras. Para los interesados, el Parque Natural de la Sierra de Huetor ha editado una guía para facilitar y dar a conocer los recorridos que unen todas las trincheras, además ha rotulado, mediante carteles, a lo largo del itinerario una serie de postes con indicaciones de ubicación, punto anterior y posterior, todo ello con las coordenadas GPS.

Para llegar hasta los dos destinos fijados para hoy he optado por subir en coche hasta el centro de interpretación “Puerto Lobo” (23’5 km) y dejando allí el coche iniciar la caminata. Me podía haber acercado mucho más al primer punto de visita, pero ya sabéis que no es mi estilo, allí donde se pueda sufrir para que evitarlo. Una vez abandonado (temporalmente) el coche me interno en el parque por la pista de tierra que sube hacia la Alfaguara, para a los dos o dos kilómetros y medio abandonarla por un sendero que arranca a la izquierda con su poste indicador: Cruz de Víznar.

Este sendero, muy marcado, asciende en su primera parte de forma muy suave entre pinos, casi paralelo al barranco de la “Umbría”, para a mitad de camino empinarse algo más y comenzar con el zizagueo a remontar la loma que me llevará al collado de la Cruz de Viznar. Me muevo por un bosque de pinos con algunos ejemplares de Pinsapo, éste árbol aunque es de repoblación se ha integrado muy bien en el bosque. Era un árbol propio de la época glacial que aquí ha conseguido una altura de quince metros. De forma cónica, densa y de color oscuro es pariente de cedros, pinos y cipreses, solo se da en sitios como esta umbría en que la humedad no falta en todo el año.

Una vez llegado al collado diviso a mi izquierda la “Cruz de Víznar” a la que no voy a subir hoy. Tomo el ramal del sendero que se dirige a la derecha (norte), hacia la Cueva del Agua. Una media hora después a mi izquierda surge un senderillo que se adentra en una zona boscosa muy tupida que apenas deja pasar los rayos del sol: me incita a que lo siga y tras una breve duda, ya que no va en la dirección deseada, me dejo convencer.

Comienza en suave bajada adentrándose en un trozo de bosque tan espeso que no deja traspasar los rayos del sol, lo que me hace sentirme en otro lugar, no son aquí habituales estos tupidos bosquetes. Ayuda el silencio que reina en el lugar que no llego a interrumpir con mis pisadas por la espesa capa de espículas que  cubren el sendero. Tras la lluvia de ayer, el suelo está blando y totalmente cubierto de vegetación, hasta las piedras lucen un barniz verdoso de musgo. Todo ayuda a situarme en un mundo irreal donde me dejo llevar por las agradables sensaciones, las auditivas a cargo de las aves, las olfativas de las plantas en flor y la tierra húmeda y las visuales. Otras veces me he perdido involuntariamente, hoy me dejo perder a sabiendas de que a lo peor tendré que volver sobre mis pasos. No importa.

Este sendero desemboca en otro mayor que a su vez me lleva a una pista, todo en sentido contrario al que debería llevar, hasta desembocar en una amplia pradera con suave pendiente, tapizada por completo de tierna hierba resplandeciente por el rocío de la mañana. Me da la bienvenida un gigantesco pino que cubre con su ramaje, casi a nivel del suelo, una amplia circunferencia que invita a refugiarse dentro. Lo hago despojándome del macuto y me recuesto sobre su grueso tronco a admirar el paisaje (Alfaguara Chica). El recio y poderoso respaldo junto al intrincado ramaje que me cubre transmite tranquilidad y paz, aquí se olvida el cansancio, los problemas, todo lo demás ya no importa, queda minimizado, solo permanecer disfrutando y dejándose arrastrar por sensaciones que fluyen espontáneas. Ha merecido la pena dejarse llevar, aquí sentado sin apenas pensamientos conscientes sólo se me ocurre asentir: todo está bien.

Después me percato que curiosamente hace unas semanas cuando estuve por aquí de excursión me acordé que hace muchos, pero que muchos años que no visitaba la Alfaguara Chica, llamada así por ser una explanada al igual que la otra, con agua (antiguamente tenía un manantial, hoy solo queda la estructura de la fuente), despejada de árboles y cubierta de yerba donde nos permitían perdernos distraídos en juegos y fantasías, hasta la hora de comer, en que muchas ocasiones sin necesidad de llamar mediante un silbato, aparecíamos todos casi simultáneamente. Ya sabían nuestros tutores que el estómago de un niño es un reloj bastante fiable. Hoy dejándome llevar por la curiosidad o por el “destino” he acabado allí donde le memoria me transportaba el otro día.

Como la dicha no debe ser muy duradera ya que nos acostumbramos y pierde toda su fuerza, retomo el caminar y volviendo sobre mis pasos, todavía con el regusto de las experiencias pasadas me encuentro con la puerta del Arboretum “La Alfaguara”. Un recinto cerrado para protegerlo de los animales en que se distribuyen una multitud de árboles frutales junto con otros propios de esta zona e infinidad de matorrales de mayor o menor porte que atraen a una multitud de aves por la facilidad y abundancia de la comida. No me entretengo en leer los nombres rotulados a los pies de las especies representadas, sencillamente paseo entre ellos.

De nuevo en marcha buscando el primer objetivo del día: trincheras “Llano del Fraile”. Un intrincado laberinto de pasillos para unir los distintos puestos de vigilancia, rodeando un promontorio de 1.392 m de altura, prácticamente enfrentado al Peñón de la Mata y dominando todo el valle del río Bermejo. Aquí me siento un rato y trato de imaginar la vida de los soldados que tenían que defender estos lugares durante la refriega civil española. En constante tensión día tras día, permanente agachados para no dejarse ver por el enemigo y que los muros los protegieran. Recuerdo a mi padre que en mi juventud, alguna de las pocas veces que hablaba de la guerra me decía: son más peligrosas las balas que no se oyen que las que sí, porque estas han dado en otro sitio, las que no se oyen pueden acabar o muy lejos o dolorosamente muy cerca. Las sensaciones son diametralmente opuestas a las percibidas unas horas antes. El contraste es abismal.

Después de comer algo prosigo la ruta por la pista que me lleva hasta el paraje “Fuente de la Teja”, igual de abandonado que siempre, para poco más abajo desviarme a la derecha para volver al centro de visitantes. Aquí el camino se hace fatigoso porque el sol ya está arriba del todo y el calor se hace sentir, por otro lado la pista es de arenisca blanca con lo que refleja el sol que recibe. Definitivamente esta sierra no es buena para andarla en días calurosos, una vez alto el sol y por las pistas blancas que la atraviesan.

Un poco antes de llegar al aparcamiento me desvío hacia la izquierda porque un cartel me indica que por él se accede al “Cerro Maullo”, último conjunto de trincheras que voy a visitar hoy. Maullo es un cerro de 1.320 m de altura, cuyo cono superior está ocupado totalmente por una red se trincheras. Desde aquí se domina todo el barranco que recorre el río Darro, el paso natural de Puerto Lobo, antiguo trazado de la carretera de Murcia y el pueblo de Huetor Santillán que queda a sus pies, además de una amplia zona de la Sierra de Huetor.

Multitud de mariposas ocupando el amplio abanico de tamaños, formas y colores pululan por el cerro, totalmente ajenas a la historia del lugar, permanecen en constante movimiento, alardeando en baile sin fin, para buscar pareja e iniciar de nuevo el ciclo de la vida, antes de que su efímera vida acabe.

Para la vuelta del Maullo tomo un sendero que ha habilitado el Parque y que me acerca a los distintos barranquillos, mucho más húmedos que la pista de arriba. Atraviesa lo que antaño debió ser parte de las zonas cultivadas pertenecientes al antiguo cortijo, hoy sede del Centro de Interpretación de Puerto Lobo, ya que se mezclan los pinos y abetos con los olivos, los castaños y algún cerezo, frutales que sirven ahora, al menos algunos, para soporte de las zarzas que ávidos del espacio antaño perdido trepan por ellos.

miércoles, 20 de abril de 2011

Albayzín, visitas obligadas (Granada).

Rampa empedrada y escalonada de acceso al palacio de Dal-al-horra.

Patio central del palacio con su pequeña alberca.


Galería del segundo piso.

Aquí se puede apreciar el estilo arquitectónico del conjunto.

Fachada donde está situada el acceso al aljibe del Rey.



Desde el patio interior, vista del edificio.

Interior del aljibe del Rey acondicionada para su visita.

Jardín, huerto y alberca del edificio que acoge la Fundación Agua Granada.


Vista de uno de los jardines de la casa/museo


Estudio del pintor


Otro de los patios, enfrentado a la Alhambra.


Vista general de la Colegiata del Salvador.


Aljibe centrada en el patio


                                 Las arcadas rodean el patio por tres de sus lados.



Así como en una entrada anterior, cuando hablaba del barrio del Realejo, recomendaba visitar algunos edificios o instituciones significativos, lo mismo se puede hacer al hablar del otro barrio que he traído reiteradas veces a este blog: el Albayzín. Aquí destacaría algunos lugares por emblemáticos junto con otros que son simplemente bellos y atractivos. Al igual que en el Realejo, están muy cerca unos de otros por lo que se pueden abarcar todos en la misma visita, siempre que los horarios, los días de visita y nuestro tiempo así lo permitan y se programen adecuadamente.

Hablo de visitar el Palacio de Dar al-Horra, el Aljibe del Rey, el mayor en capacidad de todo el barrio y visitable por dentro, entrar en el patio de Santa Isabel la Real para al menos apreciar su fachada, para seguir (en la misma calle) hasta la Casa Museo de Max Moreau y finalizar visitando el patio de abluciones originario de la Mezquita Mayor del Albayzín que conserva algunas de las columnas originales. Si vamos bien de tiempo, podemos sumar intercalada entre las dos últimas, una visita al Mirador de San Nicolás para deleitarnos con una de las más completas y mejores vistas del conjunto de la Alhambra - Generalife.

Si accedemos andando, podemos subir por la cuesta Alhacaba para a mitad de subida tomar, a la derecha, el Carril de la Lona y desembocar en la plaza de San Miguel Bajo. Podemos utilizar también el autobús y bajarnos en la Plaza de San Miguel Bajo. En el lateral izquierdo de la plaza nace el Callejón del Gato, estrecha calle que tras un par de quiebros nos acerca a la puerta del Palacio nazarí de Dar-al-Horra, construido en el siglo XV sobre otro zirí anterior del siglo XI. Se puede traducir por “Casa de la Señora”, habitado en su momento por Aixa reina y madre de Boabdil. Pasó por varias manos privadas, para más tarde acabar anexionado al Monasterio de Santa Isabel la Real, hasta que finalmente avanzado el siglo XX lo adquiere el Estado. Está situado en lo alto de la Alcazaba Vieja, lo que en su día fue el núcleo de la Granada musulmana y junto a los lienzos de las murallas de dicho barrio.

El palacio se organiza en torno a un patio con una pequeña alberca cuadrada en su centro y con galerías en dos de sus lados de tres arcos cada una. Consta de dos pisos y un torreón. A pesar de las distintas reformas sufridas en el tiempo, ya que en algún momento se llegó a habilitar hasta una capilla en su interior, gran parte de las decoraciones originales han llegado en buen estado hasta nuestros días. El acceso actual se hace a través de un pequeño paseo en “ele” mediante una suave rampa con amplios y no muy pronunciados escalones, delimitado por algunos ejemplares arbóreos enormes y delicados setos, además posee un pequeño huerto rectangular a las espaldas según el acceso. Se abastecía de agua gracias a un ramal de la acequia Aynadamar que llegaba a través de un pequeño acueducto visible aún.



El segundo enclave a visitar es el Aljibe del Rey, Aljibe Real o Aljibe Viejo, que data del siglo XI, anterior incluso a la Alhambra. Es el mayor de los aljibes musulmanes en Granada con una capacidad superior a los 300 metros cúbicos, hoy día englobado dentro del Carmen del mismo nombre y sede de la Fundación Agua Granada. Era alimentado por uno de los ramales de la acequia Aynadamar que procedente de Alfacar (Fuente Grande) abastecía las huertas y las dependencias del Rey Badis perteneciente a la dinastía zirí (siglo XI).

El edificio que lo contiene pertenece a una fundación actualmente. La Fundación Agua Granada se crea en noviembre de 2006 con los fines fundamentales de preservar el Medio Ambiente, el uso racional de los recursos hídricos y la defensa de la naturaleza mediante el desarrollo sostenible. El Carmen que sirve de base a dicha fundación es un edificio de dos plantas más torreón, totalmente renovado y en el que se han utilizado diferentes restos de otras construcciones (a destacar la puerta de entrada), que se articula alrededor de un patio porticado, desde el que se accede a las distintas dependencias y al jardín. Desde el torreón hay unas amplias vistas tanto del barrio como de la Sierra. Posee una zona de huerta-jardín donde se han ido acumulando diferentes restos arqueológicos procedentes de diversos lugares con criterio dispar. No podía faltar una pequeña alberca para acumular agua para el riego.

El aljibe ha quedado englobado dentro del Carmen, quedando en la fachada solo el acceso al mismo. Consta de cuatro naves paralelas cubiertas por bóvedas de medio cañón que apoyan en los muros externos y en tres arquerías, con cuatro arcos de medio punto cada uno, soportados por gruesas columnas cuadradas, se ubica por debajo de un patio, lo que hace pensar que se complementaba su caudal con el agua de lluvia. El interior, vacío actualmente, se ha acondicionado para su visita. Llama la atención que este aljibe no tiene rebosadero, por lo que en su día se controlaba “a ojo” modificando el caudal de entrada dependiendo del nivel del agua en su interior.

Debido a su gran tamaño, ya que duplica a los otros dos mayores, los de la Capilla Real y el de las Tomasas con capacidad superior a los 100 metros cúbicos cada uno, era el único en el que los aguadores tenían autorizado sacar agua para su posterior venta.


La tercera visita propuesta es la Casa Museo Max Moreau (Carmen de los Geranios). Es un Carmen ubicado en el alto Albayzín, un poco por debajo del Mirador de San Nicolás. Fue la residencia y estudio de este artista belga mientras duró su estancia en Granada alrededor de treinta años, a su muerte dejó a la ciudad de Granada como heredera de todos sus bienes. Se han conservado muchos de sus cuadros incluido uno inacabado, así como su paleta y el estudio usado por el pintor con todos los enseres personales. En una de las estancias se ha habilitado una sala de exposiciones para mostrar la obra del pintor: retratos, naturalezas muertas y paisajes.

Al acceder al Carmen lo hacemos por su parte más alta, estando este asentado en diversos niveles o paratas donde se ubican las edificaciones bastantes modestas y los distintos bancales dedicados a huerta o jardín. Generalmente este tipo de vivienda está encerrado entre tapias siguiendo el ejemplo árabe de ocultar pequeñas joyas con un exterior vulgar y anodino. Especial encanto tienen los diferentes patios de la casa, ubicados a distintos niveles y con inmejorables vistas hacia la Alhambra sobre todo el situado en el nivel más bajo por estar enfrentado a ésta. Como todo Carmen que se precie de serlo posee una pequeña alberca para acumular agua para riego.



Para finalizar queda la visita al patio de la Colegiata del Salvador, recibe el nombre de Colegiata por haber sido destinada a la evangelización de los musulmanes tras la conquista de Granada (1492). La misión evangelizadora fue un rotundo fracaso, hecho que hizo afirmar a un eclesiástico castellano de visita en Granada, un cuarto de siglo después de la conquista, que a pesar de todos los esfuerzos hechos para que los moriscos renunciaran a sus creencias, no se podían encontrar entre ellos más de una docena de verdaderos cristianos.
Iglesia mudéjar construida en el siglo XVI sobre la antigua Mezquita Mayor de la que se conserva el patio en cuyo centro existe un profundo aljibe. A destacar que el patio que contiene la aljibe es el único de su tipo que se conserva en Granada. Fue consagrado como templo por el Cardenal Cisneros en el año 1499, es decir se consagró el mismo edificio existente anteriormente. Más tarde a raíz de las distintas revueltas moriscas (a partir de 1501), muy virulentas en el barrio y también durante la posterior Guerra Civil, sufrió grandes destrozos, por lo que la imagen que ofrece hoy en poco se parece a la original.

En 1527, todavía sobre la propia mezquita se constituye en colegiata para la educación de los moriscos y finalmente su construcción a finales del siglo XVI, de manera bastante más modesta de lo que contemplaba el proyecto inicial. En todo este proceso se conserva el patio, siendo uno de los monumentos más antiguos de la ciudad, época almohade, anterior a los nazaríes.



Recordad que un poco más arriba de la Casa Museo de Max Moreau se encuentra el mirador de San Nicolás, que junto a su deteriorada y cerrada iglesia con su fuente anexa y su aljibe son merecedores de una visita en nuestro camino hacia la Colegiata.



Nota: recomiendo llevar calzado con suela dura ya que todo el recorrido lo haremos sobre calles empedradas, por lo que la planta de los pies acaban doloridos.

sábado, 9 de abril de 2011

Prado Llano - Ogíjares (Sierra Nevada - Granada).

Pradollano una ventosa mañana.


Área Recreativa "El Mirlo" desde donde arranca el sendero que voy a recorrer hoy.






Se están recuperando charcas existentes en los alrededores de los antiguos cortijos.


"Hoyo de papas" excavado en el suelo donde se almacenaba para ponerlas a la venta posteriormente.

Collado de Matas Verdes con el Cerro del Tesoro a la derecha y el Trevenque al fondo. 


Antigua parcela de cultivo convertida en prado, pendiente de reconquistar por la vegetación autóctona.

Estilo constructivo común a toda la sierra utilizando el material local y la habilidad aprendida.

Era junto a los restos de algún cortijo y generalmente a la vera del camino. Ubicadas donde es frecuente el viento para facilitar la tarea de aventar el grano.

Bosque de pinos donde me apetece retrasarme un buen rato.



Doble río en el entorno del Trevenque, uno de arena que sirve de lecho y otro de agua que discurre por encima.

Los verdes cultivos contrastan con el fondo más pardo de las lomas circundantes.




Fecha: 6-4-2011 M.I.D.E.:2,2,2,3
Duración: 6h30’ (36.500p.)
Desnivel en bajada: 1.400 metros
Rangos de temperatura: de 15ºC a 25ºC


Hoy se me ha presentando una oportunidad que no podía dejar escapar. La ilusión de hacer una excursión en Sierra Nevada sin tener que subir, ¿cuándo se me iba a presentar una ocasión así?. Esto necesita una explicación ya que lo natural en esta sierra es subir para bajar o como mínimo subir para llanear y después bajar. Había mi hijo decidido subir a esquiar un día de esta semana y escogió el miércoles entre otras razones porque a media semana siempre están las pistas más libres por la menor afluencia de público. Me lo comentó y no dudé ni un momento en apuntarme haciéndome rápidamente la composición siguiente: bajarme andando desde arriba en Prado Llano hasta Ogíjares por la Cortijuela, mientras él se dedicaba a disfrutar deslizándose por la nieve a la vez que se daba seguramente algunos revolcones, no era un mal plan.

No han salido las cosas todo lo redondas que habíamos previsto, al menos para él, porque el fuerte viento ha inmovilizado los remontes durante todo la jornada, viento que no me ha afectado a mí ya que mi recorrido estaba resguardado por la imponente “Loma Dílar”. Esta loma sirve de divisoria a dos ríos que nacen arriba a los 2.900 metros, a tiro de piedra uno del otro: el Monachil y el Dílar, nace la loma junto a la laguna, separando las dos cuencuas, de las Yeguas y va a morir justo en las estribaciones al este del Trevenque.

La idea era abandonar el coche en el aparcamiento de la Plaza de Andalucía y salir por el área recreativa “El Mirlo”, para hacer un primer tramo común con la pista de esquí de fondo, para una vez abandonada la pista, hasta unos cientos metros más adelante, tomar un sendero que recorre a media altura toda la loma de Dílar, hasta la Cortijuela. Por el trazado del sendero yo iba resguardado del viento excepto cuando alcanzaba algún collado donde el aire, quizás enfadado por tener que escalar altitudes para poder proseguir su camino, o tal vez cansado de su largo viaje africano, soplaba con una intensidad que me hacía tambalearme. Eran momentos puntuales ya que el resto del recorrido ha sido apacible o como mucho con una suave brisa.

El itinerario pensado para hoy arranca en la estación de esquí a una altura de 2.100 metros y va perdiendo cota de forma suave aunque continuada si exceptuamos algún repecho puntual, hasta llegar a la Cortijuela (1.700 m), para terminar en Ogíjares (700 m). El sendero recorre toda la loma de este a oeste y en su día servía de vía de comunicación y enlace para los numerosos cortijos que había en la zona. Hoy sólo quedan las ruinas, que nos ayudan a identificar su antigua ubicación, junto con algún otro vestigio como prados, eras, balsas, acequias y “hoyos de papas”. A mitad del camino, mi recorrido se solapa con el tramo I del Sulayr (Centro de Visitantes – Cortijuela), rápidamente identificable por los hitos característicos de este sendero.

Los “hoyos de papas” situados siempre a la vera de los caminos consisten en agüjeros (generalmente más de uno) excavados en el suelo con las paredes tapizadas de piedra donde se enterraban las patatas entre capas de paja o vegetación de la zona, cubriendo la superficie a forma de tapadera, por una capa de tierra y piedras, para evitar que los jabalíes dieran buena cuenta de ellas y así mantenerlas hasta bien pasada las cosechas de la vega de Granada. Cuando la carestía en Granada se hacía notar, las desenterraban y las bajaban a la capital para su venta y complementar los escasos recursos de que disponían. Me viene a la memoria, cuando contaba pocos años, los vendedores pregonando su producto al grito de “papas de la sierra”.

Había dos tipos de acequias, las que acercaban el agua de los barrancos próximos hasta las charcas cercanas, siempre ubicadas por encima de las parcelas de labor que circundaban los cortijos, algunas de ellas de hasta varios kilómetros de longitud, buscando alargar el abastecimiento, a ser posible, para todo el verano. Las segundas o de “careo”, sin embargo, tenían como misión llevar el abundante agua del deshielo desde los barrancos con caudal permanente, hasta las lomas que no tenían acceso al agua, por haber perdido la nieve mucho antes, para dejarla escapar poco a poco a lo largo de su recorrido y por filtración renovar los veneros o nacimientos de más abajo, además de mantener la vegetación. Claramente identificables por la línea verde que dibujas en las laderas.

Ahora las acequias de riego no tienen sentido ya que no hay habitantes en casi ningún cortijo de la sierra, ni se explotan las parcelas que aun serían recuperables, sin embargo las de careo siguen teniendo la misma vigencia que antaño ya que su función sigue siendo vital para mantener las zonas vegetales en las laderas que de otra forma quedarían secas en la temprana primavera por falta de humedad, a la vez que seguir alimentando fuentes y nacimientos, algunos cientos de metros mas abajo, acrecentando el caudal de otras acequias o alumbrar fuentes junto a las poblaciones.

Las construcciones de los cortijos, las eras, así como la de los “balates” que servían para aterrazar las laderas en pendiente y poder habilitar estrechas parcelas haciéndolas hábiles para el cultivo; se hacían usando el material de la zona, las lascas (piedras planas y amplias) que se colocan en filas horizontales, complementadas con otras menores para relleno de los huecos, hasta llegar a levantar el muro a la altura deseada, todo ello en seco, sin argamasa alguna.

Dada la altura en la que comienzo mi recorrido, me muevo por terreno con abundante matorral, hasta que no pierdo cota no aparecen los árboles, primero los robles, que comienzan a verdear en las puntas y más tarde algunas encinas, para terminar, justo por encima de la Cortijuela (Collado de Matas Verdes 1.920 m), a aparecer los pinos, de forma tímida y aislada primero para ya un poco más abajo, adentrarme en un cerrado y formado bosque de pinos, con algunos ejemplares de tamaño considerable.

Cuando camino por él, piso un acolchado tapiz de espículas lleno de claros-oscuros debido al efecto de filtro que hacen las ramas. Allá arriba, hasta veinte metros por encima de mi cabeza, los rayos solares junto al rumor del aire en las copas de los árboles, me producen una sensación de bienestar y tranquilidad, como si de una nana se tratara. Apetece ralentizar el paso y disfrutar de la sensación de cabijo que siempre percibo cuando caminando me introduzco bajo la protección de los bosques.

Una vez en la Cortijuela, después de comer en la fuente que alegra el paraje, decido rodear el Trevenque por el sur para atravesar los extensos arenales que circundan todo el macizo y llegar al Canal de la Espartera. Es un recorrido más largo que la alternativa de dejarse caer por la carretera, pero si hay posibilidad de elegir y el cansancio o la premura no deciden, siempre escogeré el sendero a la carretera. No voy a detenerme mucho en este trayecto puesto que es muy conocido y he incidido alguna otra vez en él.

A partir de aquí si hago un recorrido novedoso. Una vez en el aparcamiento del Canal de la Espartera (en el Collado Sevilla) arranca un sendero, por detrás de la nueva casa de color granate (una edificación nueva permanente cerrada de la que ignoro su justificación), e identificado como: “A Dílar por Cortijo Parejo”. Avanza el sendero, muy marcado y con abundante piedra suelta, por encima de los campos de cultivo del Cortijo "El Hervidero" para enlazar, más abajo, con las propiedades del Cortijo Parejo, formado por diferentes dependencias, construcciones mitad habilitadas como vivienda, mitad refugio para el ganado. Con grandes extensiones dedicadas al cultivo de cereal en las suaves lomas que lo circundan, y una pequeña parcela sembrada de viñas, que debe ser una tentación a reprimir en el otoño, justo a la vera del camino. De un verde intenso llamativo por encontrarse entre lomas con escasa y apagada vegetación, que no se si he conseguido recoger adecuadamente en las fotos.

Todo el recorrido es en bajada hasta llegar al “Mirador Collado del Fraile”, zona recreativa a media loma ya en el término municipal de Gójar, donde hay ubicados unos depósitos de agua para abastecer al pueblo. Me sirve este enclave de mirador, desde donde hay amplias vistas de Dílar y Otura. Aquí y ya por carretera asfaltada, seguir bajando hasta llegar a Gójar pueblo, atravesarlo y terminar en Ogíjares, destino final de la excursión de hoy.

Este último tramo, bien por el cansancio acumulado, bien por caminar sobre asfalto, bien por el calor de las dos de la tarde se me ha hecho interminable, también es cierto que es engañoso y he tardado toda una larga hora en recorrerlo y al contrario de lo que les pasa a los borriquillos que cuando presienten la cercanía, al finalizar la jornada, del pesebre aceleran olvidando el cansancio acumulado del día, con el recuerdo del premio del descanso y de la comida trabajosamente ganada, en mí el caminar se ralentiza apareciendo todo el cansancio y los dolores pacientemente acumulados durante la jornada para aflorar todos juntos al final.

Creo que comenté en algún otro relato que cuando termino excesivamente cansado pongo en duda el volver a salir, e incluso si el cansancio es mayúsculo me auto-engaño con la promesa de no volver a hacerlo, pero en cuanto me ducho y relajo un rato (me recupero físicamente todavía relativamente rápido) el lado perverso de mi cerebro comienza a imaginar cualquier otra salida.