sábado, 9 de abril de 2011

Prado Llano - Ogíjares (Sierra Nevada - Granada).

Pradollano una ventosa mañana.


Área Recreativa "El Mirlo" desde donde arranca el sendero que voy a recorrer hoy.






Se están recuperando charcas existentes en los alrededores de los antiguos cortijos.


"Hoyo de papas" excavado en el suelo donde se almacenaba para ponerlas a la venta posteriormente.

Collado de Matas Verdes con el Cerro del Tesoro a la derecha y el Trevenque al fondo. 


Antigua parcela de cultivo convertida en prado, pendiente de reconquistar por la vegetación autóctona.

Estilo constructivo común a toda la sierra utilizando el material local y la habilidad aprendida.

Era junto a los restos de algún cortijo y generalmente a la vera del camino. Ubicadas donde es frecuente el viento para facilitar la tarea de aventar el grano.

Bosque de pinos donde me apetece retrasarme un buen rato.



Doble río en el entorno del Trevenque, uno de arena que sirve de lecho y otro de agua que discurre por encima.

Los verdes cultivos contrastan con el fondo más pardo de las lomas circundantes.




Fecha: 6-4-2011 M.I.D.E.:2,2,2,3
Duración: 6h30’ (36.500p.)
Desnivel en bajada: 1.400 metros
Rangos de temperatura: de 15ºC a 25ºC


Hoy se me ha presentando una oportunidad que no podía dejar escapar. La ilusión de hacer una excursión en Sierra Nevada sin tener que subir, ¿cuándo se me iba a presentar una ocasión así?. Esto necesita una explicación ya que lo natural en esta sierra es subir para bajar o como mínimo subir para llanear y después bajar. Había mi hijo decidido subir a esquiar un día de esta semana y escogió el miércoles entre otras razones porque a media semana siempre están las pistas más libres por la menor afluencia de público. Me lo comentó y no dudé ni un momento en apuntarme haciéndome rápidamente la composición siguiente: bajarme andando desde arriba en Prado Llano hasta Ogíjares por la Cortijuela, mientras él se dedicaba a disfrutar deslizándose por la nieve a la vez que se daba seguramente algunos revolcones, no era un mal plan.

No han salido las cosas todo lo redondas que habíamos previsto, al menos para él, porque el fuerte viento ha inmovilizado los remontes durante todo la jornada, viento que no me ha afectado a mí ya que mi recorrido estaba resguardado por la imponente “Loma Dílar”. Esta loma sirve de divisoria a dos ríos que nacen arriba a los 2.900 metros, a tiro de piedra uno del otro: el Monachil y el Dílar, nace la loma junto a la laguna, separando las dos cuencuas, de las Yeguas y va a morir justo en las estribaciones al este del Trevenque.

La idea era abandonar el coche en el aparcamiento de la Plaza de Andalucía y salir por el área recreativa “El Mirlo”, para hacer un primer tramo común con la pista de esquí de fondo, para una vez abandonada la pista, hasta unos cientos metros más adelante, tomar un sendero que recorre a media altura toda la loma de Dílar, hasta la Cortijuela. Por el trazado del sendero yo iba resguardado del viento excepto cuando alcanzaba algún collado donde el aire, quizás enfadado por tener que escalar altitudes para poder proseguir su camino, o tal vez cansado de su largo viaje africano, soplaba con una intensidad que me hacía tambalearme. Eran momentos puntuales ya que el resto del recorrido ha sido apacible o como mucho con una suave brisa.

El itinerario pensado para hoy arranca en la estación de esquí a una altura de 2.100 metros y va perdiendo cota de forma suave aunque continuada si exceptuamos algún repecho puntual, hasta llegar a la Cortijuela (1.700 m), para terminar en Ogíjares (700 m). El sendero recorre toda la loma de este a oeste y en su día servía de vía de comunicación y enlace para los numerosos cortijos que había en la zona. Hoy sólo quedan las ruinas, que nos ayudan a identificar su antigua ubicación, junto con algún otro vestigio como prados, eras, balsas, acequias y “hoyos de papas”. A mitad del camino, mi recorrido se solapa con el tramo I del Sulayr (Centro de Visitantes – Cortijuela), rápidamente identificable por los hitos característicos de este sendero.

Los “hoyos de papas” situados siempre a la vera de los caminos consisten en agüjeros (generalmente más de uno) excavados en el suelo con las paredes tapizadas de piedra donde se enterraban las patatas entre capas de paja o vegetación de la zona, cubriendo la superficie a forma de tapadera, por una capa de tierra y piedras, para evitar que los jabalíes dieran buena cuenta de ellas y así mantenerlas hasta bien pasada las cosechas de la vega de Granada. Cuando la carestía en Granada se hacía notar, las desenterraban y las bajaban a la capital para su venta y complementar los escasos recursos de que disponían. Me viene a la memoria, cuando contaba pocos años, los vendedores pregonando su producto al grito de “papas de la sierra”.

Había dos tipos de acequias, las que acercaban el agua de los barrancos próximos hasta las charcas cercanas, siempre ubicadas por encima de las parcelas de labor que circundaban los cortijos, algunas de ellas de hasta varios kilómetros de longitud, buscando alargar el abastecimiento, a ser posible, para todo el verano. Las segundas o de “careo”, sin embargo, tenían como misión llevar el abundante agua del deshielo desde los barrancos con caudal permanente, hasta las lomas que no tenían acceso al agua, por haber perdido la nieve mucho antes, para dejarla escapar poco a poco a lo largo de su recorrido y por filtración renovar los veneros o nacimientos de más abajo, además de mantener la vegetación. Claramente identificables por la línea verde que dibujas en las laderas.

Ahora las acequias de riego no tienen sentido ya que no hay habitantes en casi ningún cortijo de la sierra, ni se explotan las parcelas que aun serían recuperables, sin embargo las de careo siguen teniendo la misma vigencia que antaño ya que su función sigue siendo vital para mantener las zonas vegetales en las laderas que de otra forma quedarían secas en la temprana primavera por falta de humedad, a la vez que seguir alimentando fuentes y nacimientos, algunos cientos de metros mas abajo, acrecentando el caudal de otras acequias o alumbrar fuentes junto a las poblaciones.

Las construcciones de los cortijos, las eras, así como la de los “balates” que servían para aterrazar las laderas en pendiente y poder habilitar estrechas parcelas haciéndolas hábiles para el cultivo; se hacían usando el material de la zona, las lascas (piedras planas y amplias) que se colocan en filas horizontales, complementadas con otras menores para relleno de los huecos, hasta llegar a levantar el muro a la altura deseada, todo ello en seco, sin argamasa alguna.

Dada la altura en la que comienzo mi recorrido, me muevo por terreno con abundante matorral, hasta que no pierdo cota no aparecen los árboles, primero los robles, que comienzan a verdear en las puntas y más tarde algunas encinas, para terminar, justo por encima de la Cortijuela (Collado de Matas Verdes 1.920 m), a aparecer los pinos, de forma tímida y aislada primero para ya un poco más abajo, adentrarme en un cerrado y formado bosque de pinos, con algunos ejemplares de tamaño considerable.

Cuando camino por él, piso un acolchado tapiz de espículas lleno de claros-oscuros debido al efecto de filtro que hacen las ramas. Allá arriba, hasta veinte metros por encima de mi cabeza, los rayos solares junto al rumor del aire en las copas de los árboles, me producen una sensación de bienestar y tranquilidad, como si de una nana se tratara. Apetece ralentizar el paso y disfrutar de la sensación de cabijo que siempre percibo cuando caminando me introduzco bajo la protección de los bosques.

Una vez en la Cortijuela, después de comer en la fuente que alegra el paraje, decido rodear el Trevenque por el sur para atravesar los extensos arenales que circundan todo el macizo y llegar al Canal de la Espartera. Es un recorrido más largo que la alternativa de dejarse caer por la carretera, pero si hay posibilidad de elegir y el cansancio o la premura no deciden, siempre escogeré el sendero a la carretera. No voy a detenerme mucho en este trayecto puesto que es muy conocido y he incidido alguna otra vez en él.

A partir de aquí si hago un recorrido novedoso. Una vez en el aparcamiento del Canal de la Espartera (en el Collado Sevilla) arranca un sendero, por detrás de la nueva casa de color granate (una edificación nueva permanente cerrada de la que ignoro su justificación), e identificado como: “A Dílar por Cortijo Parejo”. Avanza el sendero, muy marcado y con abundante piedra suelta, por encima de los campos de cultivo del Cortijo "El Hervidero" para enlazar, más abajo, con las propiedades del Cortijo Parejo, formado por diferentes dependencias, construcciones mitad habilitadas como vivienda, mitad refugio para el ganado. Con grandes extensiones dedicadas al cultivo de cereal en las suaves lomas que lo circundan, y una pequeña parcela sembrada de viñas, que debe ser una tentación a reprimir en el otoño, justo a la vera del camino. De un verde intenso llamativo por encontrarse entre lomas con escasa y apagada vegetación, que no se si he conseguido recoger adecuadamente en las fotos.

Todo el recorrido es en bajada hasta llegar al “Mirador Collado del Fraile”, zona recreativa a media loma ya en el término municipal de Gójar, donde hay ubicados unos depósitos de agua para abastecer al pueblo. Me sirve este enclave de mirador, desde donde hay amplias vistas de Dílar y Otura. Aquí y ya por carretera asfaltada, seguir bajando hasta llegar a Gójar pueblo, atravesarlo y terminar en Ogíjares, destino final de la excursión de hoy.

Este último tramo, bien por el cansancio acumulado, bien por caminar sobre asfalto, bien por el calor de las dos de la tarde se me ha hecho interminable, también es cierto que es engañoso y he tardado toda una larga hora en recorrerlo y al contrario de lo que les pasa a los borriquillos que cuando presienten la cercanía, al finalizar la jornada, del pesebre aceleran olvidando el cansancio acumulado del día, con el recuerdo del premio del descanso y de la comida trabajosamente ganada, en mí el caminar se ralentiza apareciendo todo el cansancio y los dolores pacientemente acumulados durante la jornada para aflorar todos juntos al final.

Creo que comenté en algún otro relato que cuando termino excesivamente cansado pongo en duda el volver a salir, e incluso si el cansancio es mayúsculo me auto-engaño con la promesa de no volver a hacerlo, pero en cuanto me ducho y relajo un rato (me recupero físicamente todavía relativamente rápido) el lado perverso de mi cerebro comienza a imaginar cualquier otra salida.